Por: Pedro Ochoa El nombre del artista mexicano José Luis Cuevas ha estado ligado desde sus inicios más al mito que a su trabajo artístico. Es aceptado de niño, sin tener la edad suficiente, en la Escuela Nacional de Artes La Esmeralda, por estar excepcionalmente dotado para el dibujo, aunque su verdadera formación será autodidacta. Inicia muy joven una brillante trayectoria que comprende cientos de exposiciones individuales y colectivas en galerías, museos y ferias de arte de las principales ciudades del mundo. Se da a conocer internacionalmente al exponer en Washington en 1954, en París al año siguiente, y en Nueva York en 1957. Y un poco más tarde empezó a recibir los primeros galardones como el primer premio internacional de dibujo en la V Bienal de Sao Paulo (1959), el primer premio internacional de grabado en la I Trienal de Nueva Delhi (1968). Su obra fue reconocida primero en el extranjero que en nuestro país. Lo cual lo lleva a exigir la apertura de espacios para la generación emergente del arte mexicano, la generación de los sesentas, conocida también como la generación de ruptura. Para estar a tono con el maestro voy a diferir, el movimiento de la ruptura --aunque nace de la oposición al realismo social imperante en las artes plásticas-- es más valioso, más por los hallazgos que por las negaciones. Tienen mucho mayor sentido las contribuciones que las diferencias con el muralismo. ¿Qué logra Cuevas y su movimiento? Le inyecta un aire de modernidad al arte mexicano. En el plano internacional es uno de los iniciadores de la rebelión neofigurativa. Su exclusiva dedicación al dibujo y al grabado hay que verla como parte de su personal postura, así como la insistencia en los autorretratos y en los temas literarios y eróticos. Por ejemplo, ilustra la Metamorfosis de Kafka en una edición, hoy en día de colección.
Hasta allí la digresión Es uno de los iniciadores de la rebelión neofigurativa en el plano internacional. En el ámbito mexicano, fue un rebelde que enfrentó al realismo social imperante. Su exclusiva dedicación al dibujo y al grabado hay que verla como parte de su personal postura, así como la insistencia en los autorretratos y en los temas literarios y eróticos. Se convierte en relator gráfico de la soledad y la angustia que acompañan al hombre en los grandes conglomerados urbanos. Su dibujo en las dos primeras décadas es expresionista y plasma una ferocidad gestual que nos recuerda a la estatuaria prehispánica. En los 70´s, su postura polémica que consolida el "mito Cuevas" lo lleva a sentirse incomprendido en su país, razón por la cual parte a Francia Y por último, en la década de los 90’s, comienza una nueva fase experimentando el uso de nuevos materiales como la talavera poblana y trabajando grandes formatos. Hace un mes se inauguró en el Palacio de las Bellas Artes una gran exposición homenaje a Cuevas. La muestra no sólo exhibe su obra y ofrece una magnífica oportunidad de apreciarla en ese escenario majestuoso. Es también un merecido homenaje.
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