Por: Marco Antonio Blásquez
Cuando tenía 4 años cobré uso de razón. Estaba dentro de un baño, en puntillas, apoyando mis brazos en un lavamanos y frente al espejo. En una mano tenía los cepillos de dientes de mis padres y en la otra, el de mi hermana Lorena y el mío. Me encontraba sumamente emocionado relatando la historia de amor de una familia. Ese es el primer encuentro conmigo mismo y ese es el momento en que me descubrí como periodista. Nací en la colonia Industrial de Monterrey, y a los pocos meses mis padres me llevaron a vivir al DF, junto con mi hermana mayor, a un barrio muy cercano a la Basílica de Guadalupe. Estudié siempre en escuelas públicas y me desarrollé en barrios bravos, con hijos de albañiles, plomeros, ropavejeros, afiladores, carteros, etc. En mi colonia había un zapatero remendón, don Jesús, un viejo mal encarado, amputado de una pierna, con carácter de sargento mal pagado, que tenía la obsesión de que sus hijos, Chuy y Juan, fueran escritores. En su taller organizaba concursos de lectura y redacción. Nos proveía periódicos y revistas, asignaba temas y luego nos examinaba lectura, improvisación y redacción. Yo no sé si Chuy y Juan alcanzaron la meta de ser escritores, pero por lo que hace a mí esas lecciones del zapatero me permitieron adquirir habilidades que usaré (y agradeceré) hasta el último día de mi vida. Después, en la secundaria me topé con una maestra de español, Estela Guevara, que me enseñó al dedillo los géneros literarios como el cuento y la fábula. La refunfuñona maestra estaba admirada de la facilidad conque desarrollaba mis textos, y también de mi ortografía. Cuando llegaba la hora del refrigerio, nos pedía a tres compañeros que nos quedáramos en “tiempo extra”: a Fernando Montoto, a quien le reconocía cualidades para ser abogado (y fue abogado); a Fernando Vázquez, a quien visualizaba como poeta (y terminó como decorador de interiores); y a mí, a quien señalaba como un "prosista natural". Tenía yo 13 años. Guevara me bombardeó con descripciones de sintaxis, lógica y "temperamento del lenguaje". Y métrica. Mucha métrica. Se plantaba frente a mi pupitre y me dictaba hechos, consecuencias y personajes reales. Y me daba 5 minutos para articular un reporte. Mientras yo escribía, acercaba su voz casi al límite de mi oído (era fumadora y tenía aliento de coladera), y me espetaba: “frío muchacho, explica con objetividad... donde puedas usar una palabra, no uses dos… quiero párrafos cortos, oraciones concisas, tránsito entre una frase y otra…”. Después, me daba elementos imaginarios, me contaba experiencias idílicas de personajes más bien irreales. Volvía a correr el cronómetro, y sus exigencias cambiaban: “Abre el relato, adórnalo, perfúmalo… La métrica subjetiva es una barra de plastilina de colores, las palabras son caprichosas avecillas que vuelan sobre tu cabeza, son muchas y se parecen, pero sólo una cabe en un sólo espacio”. Cuando cumplí 18 años decidí trabajar en un periódico, de lo que fuera. Un día encaré a mi padre para enterarlo de mi decisión. -¿Reportero? ¿Estás loco? ¿Quieres ser como esos borrachos desobligados que conozco?, me cuestionó severamente. Mi padre siempre se desenvolvió en las áreas administrativas del periodismo. Había sido fundador del canal 6 de Monterrey y más tarde, contratado por el coronel José García Valseca para fundar “El Sol de México” (motivo por el que emigramos de Monterrey al DF). Tenía muy mala opinión de los reporteros, los veía como personas desordenadas, inestables y viciosas. Le pedí que me recomendara con algún amigo para entrar a un periódico. Y se opuso. “Si quieres ser periodista va a ser sin mi apoyo”, me dijo. Pero en el fondo me estaba retando a hacerlo solo, a luchar por mi ideal. Ya consolidado como reportero ordenado, estable y no vicioso, mi padre fue mi principal promotor. Una tarde de primavera, allá por 1981, me armé de valor y me dirigí a la calle "Filomeno Mata" No. 7, sede del club de periodistas y del sindicato de redactores. Subí al segundo piso, abrí un viejo portón y quedé frente a una malhumorada recepcionista.
-¿Dígame joven?
-Es que vengo a pedir una oportunidad de trabajo en un periódico.
-¿De qué la quiere? -De lo que haya. La mujer, que para entonces ya estaba enternecida con mi frescura juvenil, me pidió un momento para hablar con su jefe. Tras unos minutos, se incorporó a su sitio y me esbozó una pícara sonrisa: “pase joven, mi jefe lo recibirá”. Empujado por mi pasión y por mis infinitas ganas de demostrarle a mi padre que podía hacerlo, entré al despacho del multicitado "jefe". Hallé un anciano de cabello cano, piel rojiza, ojos azul-verdosos y manos grandes y arrugadas.
-¿Así que quieres ser periodista?, me abordó
-Bueno, por lo pronto ayudante...
Después de una plática de 10 ó 15 minutos, el varón se puso de pie, me tendió la mano fraternalmente, y me recitó algo que nunca voy a olvidar: “el periodismo es la profesión más bella… el periodismo nos hace policías, sociólogos, políticos, detectives… pero para ejercerlo hay que ser hombre. Honra siempre tu profesión, engrandécela con buenos ejemplos”. Ese viejo era Eduardo “El Güero” Téllez Vargas, el mejor reportero policiaco del siglo XX, autor de la exclusiva del "asesino de Trovsky", quien se desempeñaba como oficial mayor del sindicato de redactores. Un gallo de doble espolón. "El Güero" Téllez Vargas me evaluó, me recomendó lecturas obligadas para todo aspirante a periodista. Y tuvo el detalle de presentarme y recomendarme con el Lic. Juan Francisco Ealy Ortiz, propietario de "El Universal", periódico en el que reafirmé mi vocación y convicción. Nací periodista y moriré periodista.
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