Por: Pedro Ochoa Pocas ciudades de México han podido conjugar tan variados y diversos roles como la nunca—bien—ponderada ciudad de Tijuana, Baja California. Es al mismo tiempo, fronteriza y nacional, eminentemente local e internacional, de paso, profundamente conservadora y de vanguardia económica, cultural y política. Urbana y semiurbana, cosmopolita y provinciana y Centenaria por voluntad propia. Pero adicionalmente, como es un genunino producto de la migraciones internas y externas. Provienen de todos los rincones del país y se convive desde un principio con zacatecanos, jaliscienses, sinaloenses, sonorenses, guerrerenses que se quedan pero tardan en asimilarse y americanos, que entran y salen, pocos gringos se quedarán a vivir, y como producto del desarrollo de la industria maquiladora, también con coreanos y japoneses, que comparten y no con los tijuanenses la vida diaria, ni estos con el resto de los bajacalifornianos, como una amalgama de elementos y factores que no tienen propiedades de mezclarse entre sí, bueno dicho de otra manera, como un cocktail, especialidad de uno de los tantos bares que desde un principio la poblaron, la Avenida Revolución. Tijuana, cocktail city. Situada en el extremo noroccidental del país, colinda al Norte con el estado más poderoso de la Unión Americana, California, al Oeste con el Océano Pacífico, al Sur con el neo municipio de Rosarito y al Este con la pequeña comunidad de Tecate, que comparte el origen con la cerveza del mismo nombre. Ubicada en el límite de México y —sin ironía— de América Latina. En Tijuana, no hay otro más allá, ni vecindad posible, ni otredad que no sea la norteamericana. Esta vecindad será desde los origenes la relación que definirá el desarrollo de la ciudad. Los franciscanos que fundaron las misiones californianas para catequizar al puñado de indígenas, desde Todos Santos en el Sur de la Península hasta San Francisco, California, dejaron en medio de la Misión de Calafia y de la de San Diego de Alcalá, el paso estrecho y abrupto entre lomeríos, que siglos después sería Tijuana. La Guerra con los Estados Unidos y la firma del Tratado Guadalupe—Hidalgo, ubicarían la frontera que le darían a Tijuana su delimitación original. Se dice que fue la argucia de los diplomáticos mexicanos aquello que permitió que la línea fronteriza conservara ese pequeño poblado del lado mexicano y no como parte de San Diego, como estaba previsto en los mapas originales del Tratado y como lo deseaban los negociadores norteamericanos. Desde finales del XIX y a principios del XX, será paso de carruajes y diligencias hacia el norte, la escasa población las verá pasar con naturalidad y cuenta la leyenda que los viajeros se detendrán a comer algo y a pasar la noche en la casa de la Tía Juana, que es a la vez, lonchería y mesón. La fama de la Tía Juana trascenderá fronteras y será paso obligado de los incansables emigrantes que pronto la abreviarán por Tijuana. Los historiadores en cambio, piensan que el nombre se debe a una derivación del dios del sol de los Guaycura una las comunidades indígenas originales, Ticuán o Tijuán. Pero a los tijuanenses les sigue gustando más el recuerdo de la mítica Tía Juana, que existente o no, sintetiza de mejor manera el sentimiento de la tijuanidad. En 1889, un plano urbano, similar a la ciudad noteamericana de Indiana, fallo de una resolución judicial, para dirimir una controversia de bienes raíces promovido por las familias Argüello y Olvera, es lo más aproximado a la fecha de fundación de la ciudad, 11 de julio de 1889. De entonces a la fecha la falta de seguridad en la tenencia de la tierra, será uno de los sellos característicos de la ciudad.
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