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Por: Alejandro Vizcarra Estrada A principios del siglo pasado, específicamente en el año 1916, en un pueblito sudcaliforniano nació una niña a quien pusieron por nombre María Luisa. Su padre, de nombre Luis Estrada, fue originario de otro pueblito sudcaliforniano ubicado casi al final de la península de Baja California. El papá de María Luisa había emigrado hacia el Norte, pues en “El Triunfo”, pueblito aludido, se había terminado la temporada de trabajo en la mina local. Por ello, Luis trasladó hacia el Norte, siguiendo a una chica que había conocido en las labores de la cosecha, y quien por temporadas se presentaba en el pueblo para luego regresar a su tierra natal. Luis quedó cautivado por la joven. Grande era su temor de no verla más. Por ese motivo, una semana después de que Rosario, la chica en cuestión partió, Luis salió tras ella con la bendición de sus padres y una mochila con escasas pertenencias. Así, emprendió el viaje hacia Santa Rosalía en busca de quien meses después se convertiría en la compañera de toda la vida. Después de reencontrarse, Luis y Rosario se unieron en matrimonio; procrearon 14 hijos. Uno de ellos fue María Luisa. Santa Rosalía, pueblito casi cien por ciento minero en aquella época, fue edificado en el desierto. Por un inevitable fatalismo geográfico, la región era prácticamente controlada por unos franceses que explotaban la mina llamada El Boleo. De todos, Santa Rosalía era la población con menos atractivos: desértica y carente de agua. Esta llegaba desde Santa Águeda, un lugar ubicado a 17 kilómetros, atravesando colinas y cañadas. Así, el poblado subsistía en la precariedad. A los nativos de Santa Rosalía se les conoce también como cachanillas, igual que a los nativos de Mexicali. En ambos casos se debe a que a lo largo del recorrido del agua que le llegaba a los de Santa Rosalía y a los de Mexicali, se desarrollaban manchas verdosas de un planta en forma de vara, delgada, que no alcanza un cuarto de pulgada de ancho y una longitud de metro y medio, aproximadamente: la cachanilla. Esta planta aparece también en las orillas de los ríos o canales del fructífero Valle de Mexicali. En los tiempos de Don Luis y Rosario, El Boleo, fue una mina de cobre y manganeso, controlada por empresarios que tenían prácticamente esclavizados a sus trabajadores; los propietarios también controlaban la mayor parte del comercio y la industria de Santa Rosalía y lugares circunvecinos. Además de yacimientos, explotaban ganado. Eran propietarios de viviendas y haciendas. Incluso, uno de ellos construyó una iglesia en Santa Rosalía hoy mundialmente conocida, pues el proyectista y constructor fue quien diseñó y construyó la Torre Eiffel en Francia. La crisis del trabajo minero, única fuente de empleo pues aún no se explotaba la pesca en Santa Rosalía, obligó a Rosario y a Luis a emigrar a Mexicali. Aquí es importante mencionar que de los once hijos que tuvo la pareja en Santa Rosalía, solo sobrevivió María Luisa. Los demás fallecieron en el mismo pueblo, víctimas de enfermedades producidas por los gases y polvos venenosos de las minas. Estos gases causaban una enfermedad conocida como silicosis. Ya en Caléxico, California, nacieron tres hijos más, menores que María Luisa. María Luisa llegó por los años veinte del Siglo XX a Mexicali. Sus papás decidieron residir en la vecina Caléxico, en tiempos en los que no se requerían documentos para cruzar de un país a otro, de México a Estados Unidos o viceversa. Asentada la familia ahí nacieron Leonor, Felipe y Luis Rey, quienes pasaron su niñez en esa ciudad californiana. Los pequeños fueron inscritos en escuelas primarias estadounidenses y María Luisa se educó aprendiendo el idioma inglés. Este hecho ayudó para que al término de su educación elemental al cumplir ella 14 años de edad, fuera contratada por un ganadero y empresario de nombre Jimmy Parker con quien colaboró en el manejo de sus cuentas por dos años, sirviendo también como una especie de capataz en el área ganadera de Mister Parker, como le llamaba. Mari adquirió una fuerza impresionante al levantar objetos tan pesados que a veces ni los varones de la granja podían maniobrar. Poco tiempo vivió María Luisa en Caléxico, California, tiempo suficiente para aprender el idioma universal. Luego la familia se fue a radicar a Mexicali, ciudad vivía un auge económico, pues el gobierno repartía tierras, podríamos decir a granel, y había muchas oportunidades de lograr terrenos para construir viviendas o dedicarse a la agricultura, que también pasaba por una etapa muy boyante. Por si fuera poco la Ley Seca que se implantó en los Estados Unidos benefició a la franja fronteriza México-EUA, pues los estadounidenses cruzaban la frontera para divertirse y poder consumir el líquido que les era prohibido en su país. Durante la Ley Seca, Mexicali y Tijuana crecieron desmesuradamente. Circulaba mucho el dólar americano, pues cantinas, cabarets, centros nocturnos y casas de citas generaron negocios que incrementaron el poder adquisitivo de los mexicalenses de la época. María Luisa, con los conocimientos adquiridos en la vecina Calexico era contratada fácilmente en su nuevo lugar de residencia. Sin embargo, durante un tiempo se fue a cultivar la tierra al Valle de Mexicali, donde conoció a quien luego fue su primer y único amor de su vida y con quien se casó. También laboró en tiendas de ropa en Mexicali y, como era la única empleada de aquellas tiendas mexicalenses que hablaba inglés. A ella le tocaba atender a todo cliente americano que llegaba a las tiendas a comprar vestimenta. Eso provocaba los celos y envidias de sus compañeras. Por eso le llamaban Mary “La Pochita”. Valga la aclaración de que el término pochita o pocha se utiliza en las ciudades fronterizas mexicanas para referirse a las personas que, al hablar o platicar, entrecruzan palabras en inglés y español al mismo tiempo. Por ejemplo, nos vemos tomorrow/nos vemos mañana. ¿Dónde andabas yesterday?/ dónde andabas ayer? Aunque María Luisa nunca entrelazó frases en inglés y español, sus compañeras de trabajo le apodaron así. María Luisa se casó a muy corta edad con un mocetón muy guapo, el mismo de quien les platiqué en el número anterior. Su matrimonio y familia siempre fue muy feliz. Sus nueve hijos recuerdan a una madre muy hogareña, que día con día los alimentaba tres veces al día, elaborándoles en cada ocasión un tipo de alimento diferente, aunque fuera muy humilde. Nunca faltó el enorme bulto de tortillas hechas a mano tres veces al día, los exquisitos frijoles refritos con el imprescindible queso y las papas que por toneladas consumimos quienes somos descendientes de María Luisa. Mari La Pochita ha sido una madre ejemplar, muy dada a las labores del hogar, amigable, contumaz conversadora, protectora de hijos y esposo, magnífica cocinera y consejera de hijos, hermanos y demás familiares. Mujer única, de las que podemos decir ya no se dan por estos tiempos. Aunque actualmente nuestra sociedad pugna por alcanzar la igualdad de género, posición en la que un servidor se incluye, no dejo de recordar la frase de mi padre: “Estábamos mejor cuando estábamos más pior”, en referencia al entorno familiar, a la educación, a los valores que nos inculcaban nuestros padres. Durante su vida de esposa y madre, supo llevar un matrimonio muy unido, dentro de las limitaciones económicas de la época. Pues aunque su marido trabajó la mayor parte de su vida de gendarme, carrera que inició desde los años cuarenta como policía de punto (así se les llamaba a los guardianes que se apostaban en ciertos puntos de la ciudad en los años cuarenta), hasta comandar la Policía Auxiliar y Especial en Mexicali y Tijuana. Él tuvo un grave “defecto”, ser muy decente y honrado, nunca le entró a los cochupos económicos, las vulgarmente conocidas mordidas o diezmos pa´l cafecito que se siguen acostumbrando entre los cuerpos policíacos. Mary La Pochita, su esposo Martín y sus nueve hijos vivieron limitados económicamente. Eso no les impidió, dentro de sus estrecheces, disfrutar alimentos ricos en fósforo, hierro, proteínas: frijoles, papas, hígado, chorizo, huevos, aguas de frutas, leche, así como grandes paseos los fines de semana al rancho de los abuelos, al Cerro del Centinela, al Mayor, a San Felipe o a la Rumorosa, hermosos lugares de nuestra hermosa Baja California. Contrastaste costumbre, ahora que los paseos de fines de semana o vacaciones de las familias contemporáneas se hacen a San Diego, Los Ángeles, Las Vegas, la Ciudad de México, París, Madrid, Roma y/o Tokio, Lo cierto es que en aquellos tiempos se disfrutaba el tiempo conviviendo con la familia en esos lugares sencillos y cercanos. En la actualidad se descansa en compañía de amigos o compañeros de trabajo. Muy poco es lo que se convive con la familia. En lo personal, me gusta más el antiguo modo de pasar las vacaciones. La vida de Mary y su esposo Martín, transcurrió entre gustos y disgustos, alegrías y penas, 75 años de un matrimonio muy unido. Mari, todavía celaba a Martín a sus noventa años. Era tanto su amor por él que muy pocas veces se les veía separados. Si estaban de pie, ella guardaba su mano entrelazada con la de él; si se encontraban sentados se observaba a Martín con una pierna cercana a María, siempre existía el contacto físico, se notaba a leguas el amor que se profesaban, sentimiento que pocas veces se puede observar en parejas actuales. En el 2006, cuando María cumplía sus 92 años, sufrió la más grande pena: falleció el compañero de su vida; Martín partió para nunca regresar. Murió de insuficiencia renal crónica terminal, enfermedad que ninguno de sus familiares sabía que existía. Martín era mi padre. Mari La Pochita es mi madre; lleva sobre sus hombros 96 años de vida. Dios la bendiga.
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