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Por: Alejandro Vizcarra Estrada ”Toda persona tiene derecho a la protección de la salud…” Artículo 4° Constitucional La mañana del 24 de agosto del 2010 sonó mi celular. Zoila me pedía ayuda para su hijo Fernando, quien se encontraba muy grave internado en el Hospital General de Tijuana. Ella me explicó que había recibido consejo de unas personas que laboraban en dicho nosocomio, quienes le contaron de la Asociación de Trasplantados Enfermos Renales Tiromet, AC. La desesperada madre supo por noticias de la prensa escrita, radio y televisión del apoyo que brindábamos a enfermos renales, tratando de aliviar en algo la temible enfermedad de la que muchos de los asociados lograron salir adelante al ser trasplantados y de esa manera salvaron sus vidas, incluyendo a un servidor. Zoila me comunicó su desesperación, la de su marido Agustín y la de su familia entera. Desde el mes de junio, Fernando, un chico de 16 años de edad se encontraba internado y el hospital parecía no hacer nada para mejorar las condiciones de salud del pequeño. A pesar de las innumerables ocasiones en que angustiados y desesperados, los padres de Fer pedían al director del Hospital General de Tijuana, doctor José Robles Barbosa, a médicos internistas y enfermeras que trataran de hacer algo más por su hijo, encontraron rechazo e indiferencia en todos ellos. Cada día veían a su hijo empeorar: su cuerpo cada vez más hinchado y su tez mudando a gris opaco y perdiendo movilidad jornada a jornada. Zoila me suplicó apoyo para que buscáramos la manera para que directivos o funcionarios del hospital analizaran el problema de Fernandito pues temían que se fuera a morir por falta de atención adecuada. Cité a Zoila con su marido Agustín el mismo día que hablamos vía telefónica, para platicar a las afueras del hospital. Ellos son una pareja que se unió luego de haber estado casados y haberse separado. Formaron una bonita y numerosa familia, con la bendición de Dios. Para 2010, el número de hijos se multiplicó a ocho. Agustín tenía un trabajo estable como conductor de un camión refrigerador, repartiendo productos cárnicos. En la charla, la pareja me manifestó su desesperación, angustia, coraje e impotencia. Fernandito había ingresado al hospital desde junio por síntomas graves: dolores intensos en todo el cuerpo, calambres, vómitos, y altas temperaturas. Al valorarlo, le diagnosticaron insuficiencia renal crónica; quedó internado y a los días fue sometido a un proceso de diálisis, un proceso mediante el cual se eliminan las toxinas que produce el cuerpo y que el riñón ya no puede eliminar a través de la orina. Por eso, se introduce un líquido a través del diafragma que recoge esas toxinas mediante el proceso de ósmosis. Los médicos que atendían a Fernandito no parecían tener mucha práctica para introducir el catéter, ni los tubos por medio de los cuales se lleva a cabo la diálisis. Además, lavaban la región abdominal de manera constante, pero algo sucedió pues el sistema de diálisis dejó de ser efectivo: el conducto se tapó y hubo necesidad de operar e introducir un nuevo catéter a Fernando, lo cual tampoco dio resultado. La salud de Fernando empeoró y los médicos le informaron a Zoila y a Agustín que había necesidad de someterlo a hemodiálisis. Increíblemente, les aconsejaban que se lo llevaran del hospital porque en el nosocomio no atendían enfermos de esa naturaleza. Tan sólo imaginen, don Agustín gana dos mil pesos semanales…y con ocho hijos estaba prácticamente imposibilitado para cubrir el costo de una hemodiálisis, el cual oscila entre los mil trescientos pesos por sesión, incluyendo medicamento revitalizador. Esa era la causa de su desesperación, por ello apelaban desesperadamente a las autoridades superiores del Hospital General de Tijuana, ayuda que les fue negada sistemáticamente con argumentos técnico-administrativos. La única solución que les ofrecieron fue sacar al niño del hospital y llevarlo a otra parte. Es decir, les dieron trato indigno y humillante, como si el servicio que se les prestara fuera molesta limosna. Fue poco lo que pudimos hacer. Enviamos escritos al C. Gobernador del Estado, a la Cámara de Diputados, a Desarrollo Social Municipal, nos entrevistamos con el ingeniero Raúl Soria Mercado, de la Secretaría General de Gobierno Municipal, también recurrimos al Director de Desarrollo Social Municipal, licenciado Raúl Castañeda Pomposo. Estos últimos dos funcionarios gubernamentales, junto con el Procurador de Derechos Humanos en Baja California, licenciado Heriberto García García y su cuerpo de abogados, incluyendo al licenciado Francisco Carrillo, mostraron su lado humano y nos atendieron, intercediendo con el Secretario de Salud para que el Hospital General de Tijuana mostrara algún gesto de humanidad hacia la familia Guzmán Mancera. Por fin, el doctor Bustamante accedió a enviar al pequeño Fernando a una clínica de hemodiálisis particular, ahí les dijeron que requerían colocarle un catéter a Fernandito para poder realizar la hemodiálisis. Eso mismo se informó al director del Hospital General, doctor José Manuel Robles Barbosa, quien simplemente informó a los padres del niño que tenían que conseguir nueve mil pesos, el costo del catéter. Sin más, sin ofrecerles otra opción, los regresó por donde habían venido. Llenos de tristeza y desesperación, Agustín y Zoila me contactaron para darme la noticia. De inmediato acudimos con el ingeniero Raúl Soria Mercado para pedirle su urgente apoyo. La respuesta fue inmediata y llamó de inmediato al Hospital General, convenciéndolos de que la institución subrogara el gasto, logrando que el propio Secretario de Salud accediera a la petición, aunque fuera tarde. La decisión que estaba tomando Isesalud, era lo que habría ahorrado muchos dolores y angustias al niño y a sus padres desde que empezaron los malestares, cuatro meses antes, en junio del 2010. En un principio, la enfermedad del menor era controlable si se aplicaba la hemodiálisis. Durante el via crucis que pasó la familia Guzmán Mancera, los órganos del niño se fueron deteriorando. Corazón, páncreas, hígado y pulmones se contaminaron. Los riñones no funcionaban y, por consecuencia, no se eliminaban las toxinas que durante cuatro meses habían envenenado su sangre y afectando todo su cuerpo. Pensamos que al fin habíamos logrado algo por el menor. Pero la tragedia de los Guzmán Mancera no sólo no terminó sino que empeoró. Era necesario realizar hemodiálisis a Fernandito tres veces por semana. En cada ocasión, tenía que requerirse a la Secretaría de Salud y al Hospital General, vía la Procuraduría de Derechos Humanos y/o el Congreso del Estado, o como se pudiera, incluso recurriendo a la prensa, para conseguir la subrogación de los servicios de hemodiálisis. El Secretario de Salud y el Director del Hospital General de Tijuana, aduciendo que aunque Fernandito poseía y estaba inscrito el Seguro Popular, éste no cubría la enfermedad renal, y por ello no le brindaban atención. Nosotros señalamos el incumplimiento de una de las garantías individuales, el derecho a la salud, consignado en el Artículo Cuarto Constitucional así como la Ley de Salud. Pero nuestras peticiones no fueron atendidas, recitando una y otra vez que no había presupuesto y que el tratamiento no es cubierto por el Seguro Popular. Sin embargo, al mismo tiempo nos enterábamos por la prensa de remodelaciones de instalaciones que, según parece, son más importantes que salvar una vida. Como se dice coloquialmente, a gritos y sombrerazos, con el apoyo de las personas antes mencionadas logramos para Fernando unas cuatro hemodiálisis, el Director Robles Barbosa nos aseguró que las ambulancias del hospital no estaban para trasladar ese tipo de enfermos, así que los padres de Fernando y un servidor lo trasladamos del Hospital General a la clínica de hemodiálisis en nuestros vehículos, con el grave riesgo de que Fernandito se agravara en el trayecto. Ésta era la única opción de que el paciente recibiera el importante tratamiento. Cuatro meses fueron demasiado tiempo; su cuerpo no resistió y decayó, “choque séptico” dicen los médicos y Fernando falleció el día 14 de septiembre del 2010. En el acta de defunción se anotó la causa de su muerte. Fue la falta de hemodiálisis. Fernandito fue un jovial muchacho, juguetón, amoroso con sus papás y hermanos. Estudió en la Escuela Primaria Salvador Varela Reséndiz, de donde se graduó; aficionado al futbol soccer, admirador del Cruz Azul, dedicado deportista llanero en Lomas Taurinas, amiguero, característica de los chamacos de la edad. Apoyaba a su padre Agustín en la empresa donde laboraba, diseñando las rutas de reparto de productos y, en ocasiones, acompañándolo en el camión repartidor y cargar pesados sacos de cebolla pese a su corta edad. Gracias a la intervención del Director de Desarrollo Social Municipal, licenciado Raúl Castañeda Pomposo, Fernandito fue velado en la funeraria del DIF municipal y sepultado, luego de ser despedido por familiares y amigos, incluyéndonos los miembros de Tiromet.
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