Insuficiencia Renal Crónica Terminal, el “patito feo” de las enfermedades PDF Imprimir E-mail

Por: Alejandro Vizcarra Estrada

Aquel trece de agosto por la tarde descubrí la verdadera tragedia que sufren y viven los enfermos con la temible Insuficiencia Renal Crónica Terminal (IRCT), y que no cuentan con la protección de una institución de salud que atienda este padecimiento. La situación es particularmente delicada para los que carecen de recursos económicos para recibir el tratamiento adecuado. Esa tarde de verano sonó mi teléfono, en la otra línea, una dama preguntó por un servidor y me manifestó su desesperación pues requería de ayuda inmediata. Una vecina suya se encontraba en deplorable estado de salud: la señora Otilia Roldán experimentaba fuertes dolores en todo el cuerpo, calambres en brazos y piernas, migraña, vómitos y escalofríos la tenían en permanente quejido, con dolor y llanto interminables.

La vecina de doña Otilia me planteó el panorama del trágico momento que vivían. Me explicó que la señora Roldán padecía insuficiencia renal crónica y más de 20 días sin hemodiálisis. Ningún familiar vivía con ella, y los parientes que la habían asistido ya no la visitaban desde hacia más de seis meses, vivían en Estados Unidos aunque cada mes le enviaban dinero para comer y pagar sus hemodiálisis, sin embargo, hacía un par de meses que la enferma no recibía un centavo. Por tal motivo, los vecinos se organizaron para pagarle unas cuantas sesiones de hemodiálisis, pero como éstas son muy costosas ya no pudieron reunir lo necesario para pagarlas. Así, la vecina de doña Otilia pidió ayuda, pues días antes se habían enterado por la televisión de la labor que lleva a cabo la Asociación de Trasplantados y Enfermos Renales Tiromet AC, la cual presido, a favor de pacientes con insuficiencia renal.

Acudimos al llamado de la señora Angélica Pérez, cuyo domicilio está ubicado en la colonia Independencia. Llegamos el señor Gustavo Pérez y un servidor al domicilio de doña Otilia y observamos una lastimosa imagen: en un cuarto de madera, una mujer de aproximadamente 80 años de edad, sentada al borde de su cama en condiciones infrahumanas. Dolor. Olor de las toxinas en el cuerpo. Era apremiante actuar con rapidez por lo que nos apresuramos a levantar doña Otilia para llevarla a nuestro vehículo. Fue imposible: pesaba aproximadamente 90 kilos más, quizá unos 10 litros de agua acumulada por la parálisis del riñón. Ni el señor Pérez ni un servidor, con nuestros 60 años a cuestas (y la imposibilidad de un servidor para realizar un esfuerzo físico de tal naturaleza), pudimos trasladarla a nuestro automóvil, así que llamamos a la Cruz Roja para que enviaran una ambulancia. Me preguntaron si doña Otilia se había accidentado, si tenía alguna fractura o herida grave, si sangraba de alguna parte de su cuerpo. Como la respuesta fue negativa, me informaron que ese tipo de pacientes no es trasladado en las ambulancias de la benemérita institución.

Ante la imposibilidad de llevar a doña Otilia a una Clínica de Hemodiálisis, me comuniqué con un médico nefrólogo para que me indicara algún medicamento que contrarrestara el intenso dolor que la aquejaba. Lo compramos y se lo suministramos con resultados positivos a la media hora, logrando que durmiera veinte minutos después. Enseguida, conseguimos una cita en una clínica de hemodiálisis: ésta sería al día siguiente a las diez de la mañana. Llamé entonces a nuestro amigo Marco Antonio Blásquez Salinas, quien siempre está presto para apoyar este tipo de causas. Le pedí nos consiguiera una ambulancia para que a la mañana siguiente recogiera a doña Otilia a las 9 horas y la trasladara a la clínica. Marco Antonio consiguió la ambulancia privada sin costo alguno y pedí a los vecinos de doña Otilia que estuvieran pendientes desde temprano para proceder de acuerdo a lo planeado. Los vecinos de doña Otilia me hicieron saber que ya la habían trasladado en varias ocasiones al Hospital General de Tijuana, mismas que había sido rechazada aduciendo que en dicho nosocomio no atendía ese tipo de enfermedad por carecer de presupuesto y equipo. Otilia regresaba a esperar su muerte.

Así había pasado los últimos veinte días, sin hemodiálisis, su estado se agravó. A las siete de la mañana sonó mi teléfono celular, la vecina de doña Otilia me informó muy nerviosa y preocupada que la pacientita estaba aún más grave que el día anterior. Llamé a la Cruz Roja, pidiéndoles una ambulancia de urgencia, les informé que una anciana se había caído y fracturado cadera y pierna, que además se había golpeado la frente y le manaba sangre a borbotones. Me pidieron el domicilio y salieron por ella. Llamé a los vecinos y les solicité que cuando llegaran los paramédicos no dijeran que doña Otilia tenía insuficiencia renal: que sólo cuando estuvieran arriba del vehículo les pidieran que la trasladaran a la Clínica de Hemodiálisis, quizá eso la salvaría.

Una hora después, me llama doña Angélica desde el Hospital General de Tijuana, y me informó que llevaron ahí a doña Otilia por su grave estado. A las diez de la mañana, dos horas después, doña Otilia Roldan falleció ¿La causa? No tener dinero para sus sesiones de hemodiálisis y no contar con el apoyo de la Secretaría de Salud del Gobierno del Estado, porque el tratamiento para IRCT es muy costoso. La muerte de doña Otilia no es la única a la que nos hemos enfrentado. Unas semanas después de este episodio, la indiferencia y crueldad de funcionarios de salud, tuvieron como consecuencia la muerte de un pequeño de 14 años. De eso les contaré en mi siguiente colaboración. Agradezco como siempre, el espacio brindado por el ingeniero Bonilla, Marco Antonio Blásquez, Gaby Valay y los colaboradores de Panorama de Baja California y PSN.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
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Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
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Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
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María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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