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Por: Alejandro Vizcarra Estrada Bacubirito es un pintoresco poblado ubicado al norte de Sinaloa, en los rumbos de la serranía que hace vecindad con el Estado de Durango. Era y sigue siendo un lugar inaccesible, tal como lo escribió alguna vez José Alfredo Jiménez: “…alejado del bullicio y de la falsa sociedad”. Para llegar a Bacubirito hay que viajar varias horas por carretera pavimentada, luego tomar un solitario camino de terracería, corriendo peligro de ser asaltado por gavilleros o narcotraficantes, tal como ha sucedido frecuentemente en los últimos años. Aunque, a decir de los testimonios que hemos recogidos de tales actos no dan cuenta de muertes, sólo del robo de dinero, alhajas y algunos valores de los viajeros. Allá por el año 1911, en Bacubirito nació “el otro Martín”. Su padre, Manuel, fue hijo de un hacendado que contaba con hectáreas de tierras cultivables, cientos de cabezas de ganado vacuno, porcino y caballar. Admirador y seguidor de Francisco Villa y, por ende, impulsor y colaborador de la Revolución Mexicana. El padre de Manuel de nombre Alejandro, lo envío a alistarse para apoyar la gesta revolucionaria en octubre de 1910. Así, el joven Manuel participó en los momentos más decisivos de nuestra Revolución. Se fue entusiasmado para la revuelta, pero triste por dejar a sus padres y demás familiares, pero sobre todo, por dejar atrás a Mariana, su gran amor, con quien se veía secretamente afuera de la hacienda cada vez que se les presentaba una oportunidad. Se amaban profundamente desde hacía dos años, pero apenas eran unos chavales de 17 y 16 años respectivamente. Ya habían conocido la intimidad, pero las maneras de la época y el pudor les impedían entablar comunicación ante la presencia de los padres de Manuel o de cualquier persona de mayor edad. Mariana, a sus 16, trabajaba como sirvienta en la hacienda de Don Alejandro, era una de las tres féminas con que contaba la familia del hacendado para hacerse cargo de los quehaceres domésticos. Mariana estaba muy enamorada de Manuel, un guapo mocetón blanco de ojos azul verde, cara afilada, con una excelente educación, pues sus padres le llevaron maestros a domicilio desde los cuatro años. Tan enamorada estaba de Manuel que le entregó su virginidad. Tan mala suerte que cuando Manuel marchó a la bola, la niña tenía ya tres meses de embarazo. Quiso el destino que Manuel falleciera en el campo de batalla bajo las órdenes de Francisco Villa, un mes después de haberse enlistado. Su cuerpo fue sepultado justo donde fue acribillado. A Mariana la corrieron de la hacienda apenas se dieron cuenta de su estado. Don Alejandro ignoraba totalmente el amor que Manuel y Mariana se tenían. En su orgullo, indignación y falta de humanidad, no le creyó a Mariana cuando le dijo que el niño que llevaba en sus entrañas era producto de su amor con Manuel. La joven se refugió con su nana María Elena, mujer cincuentona que vivía miserablemente a casi un kilómetro de distancia de la hacienda de Don Alejandro. Ahí aguardó Mariana el momento del alumbramiento, bajo el cobijo de la buena mujer y su marido Ramón, un herrero que se gastaba los pocos pesos que ganaba en el tequila que producían cerca de su casa. En marzo de 1911 inició el trabajo de parto de Mariana. Para colmo, se encontraba sola en el jacal. Nana María Elena andaba vendiendo elotes y nopales de la huerta en el poblado más cercano. El tío Ramón, como siempre, en la cantina. Ante la inminencia de dar a luz, Mariana corrió a pedir ayuda a la hacienda de Don Alejandro. A duras penas llegó hasta los corrales donde encerraban a los cerdos, con gritos de dolor y suplicando ayuda. Sin poder caminar más, se recostó en los troncos de un corral y ahí sobrevino el alumbramiento. Los gritos fueron escuchados por Isabel y Ana Rosa, hermanas mayores de Manuel, quienes acudieron de inmediato y atestiguaron el nacimiento de un niño precioso de tez blanca y ojos azules. A simple vista era fácil concluir que el bebé era hijo de Manuel, su vivo retrato. Había que actuar rápido. El recién nacido fue acogido por el hacendado Alejandro y las hermanas de Manuel. Pero Don Alejandro no aceptó por ningún motivo la presencia de Mariana. Sin tramite de por medio, le arrebató la custodia del recién nacido, a quien pusieron por nombre Antonio Martín. Martín creció en la hacienda de su abuelo, viudo cuyos ancestros habían sido un español y una francesa que llegaron a esa comarca décadas atrás. Por eso, la tez blanca de Alejandro, Manuel y el niño Martín. Alejandro le prodigó las mejores atenciones a su nieto, también contrató al maestro que educó a su hijo Manuel. Así también, le llevó una persona que le enseñara buenos modales en la mesa, etiqueta, maneras de caminar, sentarse y todo lo que se debía aprender: educación, que ya muy pocas escuelas proporcionan en la actualidad. Más tarde, el abuelo le enseñó al nieto a montar a caballo, ordeñar vacas y quehaceres inherentes al cuidado de la hacienda. Sin embargo, Mariana, su madre, tenía prohibido visitar a su hijo. La tía Isabel, fémina de buen corazón, buscaba constantemente acercar a Martín con Mariana y se veían a escondidas en la plaza del pueblo cada domingo, después de oír misa. Esos eran los únicos momentos de encuentro entre madre e hijo. Cuando Martín cumplió diez años, fue sorprendido por su abuelo Alejandro platicando con Mariana ya cuando se despedía de ella. Fue tal el enojo del abuelo que amenazó con matar a Mariana si la sorprendía en el poblado de Bacubirito, y mucho menos cerca de la hacienda de su propiedad. A la tía Isabel la envió a Parral, Chihuahua, con un pariente lejano, pues haber acercado a Martín con su madre era para Alejandro la mayor traición que un familiar le podía haber hecho. Martín pasó niñez y parte de su adolescencia en aquella hacienda, con todas las comodidades, con educación y formación férreas. Aunque en principio contó con el cariño de Isabel, su segunda madre, y el afecto y atención de su tía Ana Rosa, le hacía falta el cariño maternal. Esto, aunado a la ausencia de su tía Isabel, le hizo sentirse muy solo. Por ello, decidió salir a buscar a su madre Mariana un día después de cumplir los 14 años. Apenas hacía un mes, después de asistir a misa con su tía Ana Rosa, escuchó que un conocido de Ana Rosa le decía que semanas antes había visto a Mariana acompañada con un señor de nombre Bernabé en el poblado de Vícam, Sonora; Martín optó por dirigirse a ese lugar con los ahorros, producto de los domingos que su abuelo Alejandro le daba, además del pago de 90 centavos por cada balde que llenaba en la ordeña. Con eso partió a Vícam, Sonora, tardó once días en llegar. Infructuosamente, Martín busco a su madre Mariana en Vícam y poblados circunvecinos, cinco años vivió por allá, los mismos que laboró con don Álvaro. Poco antes de cumplir veinte años, alguien le comunicó que había visto a Mariana con un tal Bernabé en la ciudad de Mexicali, Baja California. Hacia allá se dirigió el joven Martín, con la ilusión de localizar a su madre. Llegó a Mexicali e inmediatamente encontró trabajo en uno de los negocios del Coronel Esteban Cantú Jiménez (también hombre histórico a la postre). Se contrató como chofer del Coronel, aunque la mayoría de las veces laboraba en los campos agrícolas del Valle de Mexicali, moviendo pacas de algodón. Martín por fin encontró a su madre Mariana. Se asentó en Mexicali, a fines de la década de los veinte; por aquel entonces la ciudad no contaba con más de cinco mil habitantes. Un día, un primo hermano de Martín que le vino siguiendo las huellas desde Bacubirito, Sinaloa, llegó corriendo para decirle con mucho entusiasmo que había encontrado a su mamá Mariana y a Bernabé en el centro de la ciudad. Le apuraba para que fueran de inmediato a presentarse ante ellos antes de que se les perdieran. Así sucedió: Martín dejó la compostura de una falla mecánica del tractor que manejaba y salió en estampida detrás de su primo. Dos calles adelante se encontraron con su madre a quien no veía desde hacía más de diez años. Se fundieron en abrazos, lágrimas, besos, agradecimientos al Creador, a santos y vírgenes La escena era observada por los lugareños quienes muy entusiasmados y emocionados aplaudieron la escena. Ella se había casado con Bernabé Zamorano, a quien conoció en Vícam, Sonora, y aunque no tenían hijos hacían una bonita pareja. Martín se dio cuenta del amor, respeto y protección que Bernabé le tenía a Mariana, seguidamente le manifestaba su cariño con frases muy elocuentes que así lo hacían ver. Mariana y Bernabé vivían en el ejido Sinaloa y cultivaban una parcela de su propiedad de 20 hectáreas, donde producían el oro blanco. Pasaron los años y Martín había asentado sus reales en Mexicali, vivía en el rancho de su mamá y Bernabé. Trabajaba de chofer de maquinaria agrícola en los campos algodoneros del valle cachanilla, se había convertido en un guapo mocetón como lo fue su padre Manuel. Las jóvenes que acudían a la pizca de algodón, en edad de merecer, de 15 a 25 años le coqueteaban para lograr su atención. Pero Martín, enfrascado en sus labores muy poco caso les hacía, quizá porque no le llenaban el ojo. Hasta que un día observó a una joven de tez morena, de diminuta estatura y de cuerpo muy delgado, pizcaba el algodón con una facilidad y rapidez asombrosa. Introducía el oro blanco al saco receptor, de una longitud de aproximadamente cinco metros, este se colocaba entre las piernas y se arrastraba en medio de dos surcos, después de llenar el saco con el oro blanco, la joven lo levantaba y lo colocaba en su hombro derecho en un movimiento que, más que fuerza, requería cierta maña que la delgada joven dominaba en forma por demás asombrosa. Martín estaba sorprendido con la facilidad con que la joven efectuaba tal acción ya que ningún hombre, por más fuerte que estuviera, manejaba los sacos llenos de algodón como lo hacía la joven morena. Fueron tres días seguidos los que Martín observó a la muchacha tratando de descubrir su estrategia. Ella no imaginaba que la única razón por la que Martín la observaba tanto era porque quería descubrir la manera en que levantaba con tanta facilidad los sacos repletos de algodón. Al cuarto día la joven María Luisa, pensando que había cautivado a Martín, y dándose cuenta de que éste era un joven muy serio y poco abierto a la conversación, vanidosa como la mayoría de las mujeres, tomó la delantera para darle una lección a sus compañeras de trabajo: pidió a Martín que la invitara por la tarde a tomarse un refresco en el parque de la ciudad de Mexicali, ubicado en lo que ahora es la Colonia Nueva de la capital cachanilla, Martín aceptó tal propuesta y así se inició una amistad que después se convirtió en un fuerte y apasionado amor entre la pareja, el cual perduró por más de 75 años. María Luisa y Martín iniciaron un noviazgo a espaldas del papá de ella, de nombre Luis, originario del triunfo Orizaba, poblado del sur de la Península de Baja California. También pai pai, había llegado con su familia poco antes de los años veinte. Padre sumamente rígido y muy celoso. Nunca aceptaría un noviazgo de ninguna de sus hijas. Por tal razón, las tenía sumamente vigiladas. No les permitía ninguna salida de casa que no fuera por motivo de trabajo o estudio. Cuando iban de compras las acompañaban su madre Rosario o algún hermano menor. En el último de los casos, el propio papá Luis. Aún así, María Luisa y Martín encontraban la manera de verse de vez en cuando por las tardes. Entre los surcos de algodón platicaban y acordaban la hora y el lugar de sus futuras citas, ya fuera en dos tiendas cercanas al domicilio de María Luisa y o en el parque de la Colonia Nueva. Los encuentros no rebasaban los veinte minutos porque María Luisa temía ser descubierta por don Luis. Así pasaron los meses hasta que María Luisa desesperada porque Martín no le hablaba de juntarse, o más bien fugarse, ya qué era la mejor opción porque su papá Luis no aceptaría nunca que se casara y ella ya quería vivir con Martín antes de que las resbalosas se lo ganaran. Entonces, María Luisa le comunicó a Martín que su papá la quería mandar a los Estados Unidos con unos familiares que vivían en Modesto, California, y que ya no se verían más. Lo convenció de fugarse juntos. Para ello, determinaron que el siguiente domingo se verían en la tienda de la esquina a las nueve de la noche y así lo hicieron. Martín acudió a la cita, espero hasta la una de la mañana y no llegó María Luisa. Ella también esperó desde las nueve de la noche hasta las 11 y media…en la otra tienda. ¡Nunca aclararon en cuál tienda se verían y esperaron en vano en tiendas diferentes! Ambos enamorados se molestaron a tal grado que María Luisa optó por pedirle a su mamá y papá que la enviaran con sus primos y primas a Modesto, California. Por su lado, Martín se fue a olvidar a María Luisa al puerto de Ensenada. A los seis meses regresó al Valle de Mexicali y de inmediato fue seducido por otra joven que se le entregó; vivió con él en unión libre. Al año nació una niña a quien registraron como Natalia. Así pasaron dos años más. María Luisa regresó de California y empezó a trabajar en Caléxico, California. Hasta que se encuentra con Martín en un baile y se reprochan haberse ofendido al no cumplir la cita años atrás. Entonces, se dan cuenta que ambos se equivocaron de tienda. Entre maldiciones, arrepentimientos, lloriqueos, reproches, apapachos y besos inician una nueva relación. Martín deshace su relación con quien vivía y deciden volver a planear otra fuga tres meses después del reencuentro. Convinieron en reunirse en la tienda donde Martín la esperó la primera vez. Igual que la primera vez, en domingo. Ahí estaba Martín una hora antes de la prevista, esperando a María con la triste noticia de que no había conseguido dinero suficiente para salir de la ciudad y era necesario posponer la huida para el siguiente domingo. Pero María llegó 15 minutos después de lo previsto y, sin darle tiempo de explicación alguna, María Luisa lo jala del brazo y le pide que corran al auto del primo de Martín, Enrique, cómplice de éste en la huida… Así se consumó un matrimonio que duro 75 años. Procrearon nueve hijos, 52 nietos, 246 bisnietos, 24 tataranietos y cuatro choznos… Así va la cuenta hasta diciembre 2010. Martín fue carapilero, albañil, enfermero, chofer de las ambulancias del Hospital General de Mexicali. Fue también el primer juliero (chofer) de la policía urbana, ahora municipal de Mexicali. Llegó a obtener el grado de Comandante de la Policía Especial de Mexicali y de Tijuana. También fue comandante de la Policía Auxiliar de Tijuana, de los primeros jefes de vigilancia en Playas de Tijuana a principios de los años sesenta. Obtuvo varios reconocimientos, diplomas y agradecimientos en las diversas corporaciones policíacas de Mexicali, Tijuana y Ensenada. Laboró en La Rumorosa, encargado de un cuerpo policíaco de tres elementos. En los años sesenta fue reconocido públicamente como un policía honesto, cumplidor. Trabajó 30 años en favor de la ciudadanía bajacaliforniana pero nunca fue compensado económicamente porque le faltaron ocho meses para su pensión. Fue herido en dos ocasiones en el cumplimiento de su deber: la primera ocasión, al detener a un peligroso homicida de color que había huido de los EUA y que capturó en Mexicali. En la segunda, casi pierde la vida al detener a un soldado del Ejército Mexicano quien se encontraba bajo el efecto de estupefacientes y amenazaba de muerte a varios parroquianos en una cantina en el centro de Mexicali. Aunque Martín logró desarmarlo, se llevó heridas en el vientre, brazos y piernas que lo enviaron al Hospital General, donde estuvo internado más de cuatro meses. Martín fue mi más grande ídolo, se llamaba Antonio Martín Vizcarra García. Falleció el 24 de febrero del 2006. Está sepultado en el panteón Jardín de la Esperanza en Mexicali. Martín era mi padre. María Luisa es mi madre, aún vive.
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