Por: Agustín Basave
La izquierda democrática mexicana sufre hoy un doble embate. Por un lado, el de la derecha en el poder y los empresarios más extremistas, y por otro, el de sus propias fuerzas centrífugas que amenazan con reeditar su tradición divisionista. El problema de fondo, sin embargo, es que más allá de las diferencias doctrinales propias de toda fuerza progresista existe una discrepancia fundamental que a mi juicio impide la acción armónica y eficaz de la izquierda electoral: la estrategia para llegar al poder. El “ala radical” privilegia la movilización social y el “ala moderada” la vía de los acuerdos parlamentarios. Una apela a la confrontación y la polarización y la otra a la negociación y a la atracción del electorado de clase media, una apuesta al apoyo popular generado por el derrumbe del gobierno y la otra a la construcción gradual de una mayoría en las urnas dentro de un escenario de gobierno mediocre. Esas dos estrategias presuponen modalidades ideológicas distintas y siguen lógicas mutuamente excluyentes, que se debilitan recíprocamente. En mi opinión, es hora de que crucemos el Rubicón y entremos de lleno a la vía democrática institucional, en la que las movilizaciones no son el primero sino el último recurso. Hablo en primera persona del plural porque apoyé a Andrés Manuel López Obrador en 2006 y porque quiero que un candidato de izquierda gane la Presidencia de la República en 2012. Y si bien es cierto que sin trampas habríamos ganado la elección a pesar de los errores que cometimos, no lo es menos que si no hubiéramos cometido esos errores habríamos ganado a pesar de cualquier trampa. Pero veamos las cosas en su contexto. El proceso electoral que hace dos años impidió el triunfo de la Coalición “Por el bien de todos” representó un freno a nuestra transición democrática, que debió pasar de un régimen excluyente a otro incluyente y se quedó en una alternancia selectiva que apunta al cogobierno entre el PAN y el PRI. La izquierda, en efecto, parece estar vetada. Ciertamente, en la democracia nadie gana ni pierde todo y, lo más importante, nadie gana ni pierde para siempre. Pero es justamente aquí donde está el problema: la izquierda mexicana que optó por la ruta democrática tiene razones para creer que ella sí pierde para siempre. Durante muchos años estuvo proscrita y no tuvo registro, después perdió una elección presidencial cuyos resultados oficiales fueron manipulados, luego vivió tiempos en los que el gobierno le negó sus triunfos y reprimió a sus militantes. Y ahora, cuando al fin tenía a su alcance la Presidencia con el candidato que punteaba en todas las encuestas, primero lo desaforaron y trataron de inhabilitarlo, luego le echaron encima una guerra sucia de spots calumniosos a la que se sumó el mismo presidente Fox y finalmente, con una mínima diferencia y miles de sufragios perdidos, el IFE anunció su derrota. La política se hace de una realidad y muchas percepciones. En la mente de los perredistas, de la gente que fue y es de izquierda, la especie de que había que impedir el triunfo de López Obrador a cualquier precio sigue reverberando. Para ellos es la repetición de 1988, de todas las elecciones en las que se les hizo fraude para impedir que llegaran al poder. Por eso la frase de que en la democracia nadie pierde para siempre no les hace mella. Porque perciben que existe la consigna de no dejarlos ganar, de pararlos a la mala. Y se trata de una percepción que en este proceso electoral algunos se empeñaron en fundamentar. Esos que fueron más allá del apoyo legítimo a Felipe Calderón; esos que, por cerrarle el paso a quien habría sido un presidente de izquierda moderada, seguramente contribuyeron a engrosar en un futuro no muy lejano las filas de la izquierda violenta. Y es que la más deplorable consecuencia de la iniquidad y de las turbiedades del proceso y de la negativa del Tribunal Electoral al recuento total de los votos fue que no son pocos los izquierdistas que se convencieron de que por las buenas nunca los van a dejar llegar. He aquí el sustento de los “radicales” del PRD. Las trapacerías de que han sido víctimas los han convencido de que la única manera de llegar al poder es mediante la presión popular, y consideran una ingenuidad apostar a que se respetaría su posible triunfo en la próxima elección presidencial en caso de alcanzar una mayoría de votos. Sea con escala en las urnas como trámite necesario o mediante una insurrección civil, piensan que es imprescindible sacar a la gente a protestar en la calle para derrocar al actual régimen. Los “moderados”, en cambio, creemos que la estrategia insurreccional no pasa un análisis de costo-beneficio social y que la única forma de ganar la Presidencia es construyendo una victoria electoral con una ventaja suficientemente clara para hacer inviable cualquier fraude. Para lograrla es necesario obtener el apoyo de sectores de la clase media que rechazan el discurso y las acciones de la polarización. Por eso proponemos un movimiento hacia el centro que, sin abandonar las banderas esenciales de la izquierda, atraiga a una mayoría sustancial de electores. Partimos de la tesis de que si bien la mitad de la población vive en la pobreza, hay encuestas que demuestran que sólo alrededor del 17% de ella se considera pobre. Es decir, que más o menos un 33% de los mexicanos son objetivamente proletarios pero subjetivamente pequeño burgueses. Y a ellos se les ahuyenta con el radicalismo que desdeña las aspiraciones y la institucionalidad clasemedieras. A grandes rasgos, estas son las visiones que hoy parten a nuestra izquierda en dos. El PRD, que es el partido izquierdista más grande que se haya organizado en México, acaba de cumplir 19 años de vida en medio de una lucha interna entre dos grupos que parece tenerlo al borde de la fractura. No me atrevería a hacer un pronóstico sobre el resultado de esta batalla y menos me aventuraría a predecir o descartar una ruptura formal: hay grandes incentivos para que nadie se vaya, y si algo han probado los perredistas es su enorme capacidad para dirimir controversias y pugnas internas. Pero sí me pronuncio a favor de sentar las bases de una socialdemocracia mexicana que aunque no puede darse el lujo, como la europea, de limitar sus diferencias con la derecha a los temas de “moralidad social” sino que debe distinguirse fundamentalmente en términos de política económica y social, sí debe abrazar el Estado de derecho y la vía electoral categóricamente y sin ambigüedades. Y también sostengo que no podremos tener un partido socialdemócrata mientras no tengamos un Bad Godesberg. Si eso es posible sin que el PRD se parta en dos, espléndido, sería el mejor escenario; si no, habría que resignarse a empezar de cero, a perder una generación de políticos y a posponer la llegada al poder al menos un sexenio más. Lo que no es pertinente es mantener una unidad artificial, con proyectos y estrategias incompatibles. Equivaldría a forjar una suerte de progresismo esquizofrénico que podría autodestruirse o mantenerse como una minoría amenazante, pero que no podría llegar a gobernar, y por tanto no podría combatir las desigualdades. Y ése y no otro ha de ser el futuro de nuestra izquierda: construir un México más justo.
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