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El 68 a los Libros de Texto PDF Imprimir E-mail

Carlos Monsivais

    Cito, previa mediación de Hayden White, a Hegel:
    Cada periodo está envuelto en circunstancias tan peculiares, presenta un estado de cosas tan estrictamente idiosincrático, que su conducta tiene que ser regulada por consideraciones relacionadas con él mismo. Entre la presión de grandes acontecimientos, un principio general no es ninguna ayuda. Es inútil volver a circunstancias similares en el pasado.
    Esto, afirma Hayden White, lo lleva a formular uno de sus más famosos apotegmas:
    Las pálidas sombras de la memoria luchan en vano con la vida y  la libertad del presente.
 
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    Entre los logros del 68 mexicano sigue faltando uno primordial: su incorporación justa del Movimiento estudiantil a los libros de texto, no como el registro vago y rápido de hoy, sino como el fenómeno decisivo que fue y sigue siendo. Como probó el fracaso de la Fiscalía Especial, la indagación judicial ha carecido del apoyo de los tres poderes que le dé sentido a las pruebas, y sin embargo lo ocurrido en 1968 durante unas cuantas semanas, está ya registrado en la conciencia pública así sea de modo esquemático y esto (los hechos y su repercusión en el imaginario colectivo) obliga a incorporarlo a los programas de la educación primaria y secundaria. No tiene sentido alguno excluir lo que, según consenso, integra el fenómeno más significativo del país en la segunda mitad del siglo XX.  No se discute ya seriamente (nunca se hizo) la descripción de lo sucedido que fija en lo básico el Consejo Nacional de Huelga, y que continúa la izquierda política, social y cultural, con los afinamientos y descubrimientos pertinentes. Al no puntualizarse en los libros de texto El 68, (la resistencia al autoritarismo, la condición notoriamente pacífica del movimiento, la alegría  previa a Tlatelolco, la conquista de la ciudad, la tragedia...) se escamotea el suceso definitorio de la búsqueda de la democracia.
 
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         Fuera de la reconstrucción precisa del 2 de octubre con la intervención del Ejército y el Estado Mayor Presidencial, el retrato ya está: la movilización estudiantil por los derechos humanos y civiles, la represión furibunda ordenada por el presidente Gustavo Díaz Ordaz y su gente cercana (Luis Echeverría en primer lugar), la abyección del PRI, del Poder Legislativo (con unas cuantas excepciones  tímidas), del Poder Judicial (completito), de la prensa (con excepciones), la radio, la televisión (todavía no los Medios), de las Fuerzas Vivas (término que hoy equivaldría a la contra-sociedad civil).  No se excluye del panorama la complicidad del gobierno norteamericano y de la mayoría de los dirigentes eclesiásticos (salvo un puñado de jesuitas), y la inercia de la sociedad.
 
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    Al relato lo complementa una lista mínima de rasgos del Movimiento estudiantil, a partir del 26 de julio y, de otro modo, a partir del 2 de octubre:
—el protagonismo irrebatible que por más de dos meses se vuelve el tema y la presencia centrales de lo social y lo político en la Ciudad de México;
—la forja de la actitud (el comportamiento ante la irracionalidad del poder) que cristaliza en las mitologías y las realidades de la Generación del 68.  Entre los elementos definitorios del 68 se hallan el espíritu a fin de cuentas romántico, el antiautoritarismo (enorme si se le compara con el de las generaciones anteriores), el habla revolucionaria más bien superficial, y la lealtad a la causa (algo en ese momento más bien desconocido, al no admitir causas la Era del PRI);
—el gran estímulo a la lucha personal y colectiva por los derechos que en sus grandes momentos merece el calificativo de épica; —el aporte de consideraciones morales y éticas a la sociedad, hasta ese momento aletargada o sojuzgada por el oportunismo y el cinismo, componentes del comportamiento políticamente rentable;
—la producción de un liderazgo que por serlo paga su cuota de encarcelamientos, represiones, incluso procesos autodestructivos;
—el arrasamiento de la mitología que hacía de cada gobierno el sucesor legítimo de la Revolución Mexicana (según sus representantes, la entidad más allá de las definiciones, pero no de los aprovechamientos rapaces).

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    Lo distintivo del 68 en la memoria histórica continúan siendo las imágenes de su gran leyenda: estudiantes en las calles, la V de la victoria como el símbolo que uno exorciza a la represión, la multitud en la Plaza de las Tres Culturas, los soldados, la gente que huye, los presos... No se olvida el 2 de octubre pero, casi naturalmente, se difuminan sus causas y consecuencias. Por eso, Gilberto Guevara Niebla en un libro que merece una lectura detallada, La libertad no se olvida (Cal y Arena, 2004), examina la composición de la dirigencia del Consejo Nacional de Huelga, las sesiones (el áspero y fatigoso desgarramiento de las facciones), el ritmo de los acontecimiento en las marchas, las represiones a escala y las negativas gubernamentales al diálogo.  Todo esto antes del 2 de octubre.
        
“Dáme la C, dáme la N, dáme la H...”
    En las últimas décadas, el PAN se ha exceptuado del debate sobre los significados del 68, conformándose con repetir obituarios dulzones, y el PRI, como si no le bastara su presente, habla ¡en 2007! contra el linchamiento histórico, con lo que, justamente, el acontecimiento queda en manos de la izquierda, de intención conmemorativa pero escasamente interpretativa.  ¿Por qué, en lo fundamental, quedan las conclusiones a cargo de la acumulación de los testimonios y las pruebas (los muertos, los heridos, los presos)? ¿Por qué el PRI no ha salido de la Teoría de la Conspiración?  ¿Por qué el PAN, capaz de algunos gestos decorosos en 1968, se despreocupa por entero del movimiento, al que le aplica la lógica de la Guerra Fría?
          “¿Qué fue y qué sigue siendo el 68 y por qué afectó tan profundamente tantas vidas?”, se pregunta Guevara Niebla, y esto a lo largo de las experiencias carcelarias, la fragmentación de los participantes en grupos y organizaciones, las tesis de posgrado, los múltiples desengaños políticos, la revisión de las creencias que se creían convicciones inamovibles, las críticas a movimientos surgidos de la izquierda como el estudiantil que en 1999 se lumpen iza para afirmar su sectarismo.
 
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    El CNH surge en agosto de 1968, y en última instancia es el resultado de las iniciativas brillantes de un puñado de líderes y cientos de activistas. El grupo, se divide y se unifica más de lo que se piensa, y es sectario aunque nunca tanto como su enemigo Díaz Ordaz.  Si el resultado inmediato del 68 es frustrante, al irse incumpliendo las esperanzas democráticas sucesivas, a un buen de participantes les queda —de modo irremplazable— la sensación de haber vivido por un tiempo intensísimo en “las entrañas de la Historia”, en el círculo de acontecimientos que cambian el rumbo del país y a sus participantes los trastorna, los enriquece vitalmente, los fractura en lo anímico.
      A los que van al fondo de la experiencia, lo más arduo les resulta equilibrar las recompensas políticas y anímicas con el costo altísimo que pagan. Quien lo vio, no lo pudo ya jamás olvidar, se podría decir del encuentro (el encontronazo) con la Historia, así con mayúsculas.
    Posdata. No obstante su condición de fenómeno capitalino, el 68 es un acontecimiento nacional que produce una de las pocas “generaciones históricas” del país en el siglo XX. A ella pertenecen el estudiante de la UNAM Carlos Salinas y el estudiante del IPN Ernesto Zedillo, que ya en el poder no manifiestan vínculo alguno con los ideales del movimiento. Si no se cree esto, véase el peculiar sentido del humor de Zedillo. A los hijos de un desaparecido les recomienda: “Hablen a Locatel”, y añade: “Peguen su foto en los teléfonos públicos”. Bastan estos chistes para deslindarlo de cualquier relación con el 68 o con el respeto a los derechos humanos.
 
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