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Por: Lic. Edgardo Leyva A fines del siglo XIX el “hombre fuerte” de América era el General Porfirio Díaz, sus desplantes dictatoriales eran festejados con mensajes de felicitación y apoyo de los gobiernos de las grandes potencias europeas y de los Estados Unidos. Era el salvador de México, el héroe nacional por excelencia convertido en gobernante ejemplar. Sus logros económicos y el sitio de nuestro país en el concierto de pueblos latinoamericanos significaban prestigio y liderazgo. La “democracia” mexicana había hecho posible que el viejo militar, que se levantó en armas contra la reelección, se reeligiera ocho veces: 34 años en el poder no habían sido suficientes para la ambición de poder y riqueza del nefasto grupo de los “científicos” quien sacó la mejor parte, en su provecho personal y familiar, del prolongado mandato. Rodeado de expertos en finanzas y negocios gobernó Don Porfirio apegado al principio de “poca política y mucha administración”, sin tomar en cuenta que esta fórmula lo conducía al distanciamiento total con las mayorías populares que lo llevaron a la Presidencia entre aplausos y clamores de gratitud por sus servicios a la Patria. Aristocratizó el gobierno convencido de que 90 por ciento de mestizos analfabetas, irresponsables, supersticiosos y flojos no tenían derecho a participar en las altas tareas de la administración pública. “Pan y palo” y “mátenlos en caliente” fueron máximas de la época con las que se obligó a los mexicanos a trabajar durante el porfiriato. La ley y el orden reinaban en las ciudades y en el campo. Los temibles rurales patrullaban y reclutaban hombres para las fuerzas armadas del dictador. Había conciertos musicales en las plazas públicas y los paisanos, sombrero en mano, se saludaban “vaya con Dios”. Todo parecía funcionar perfectamente, pero algo andaba mal. Los obreros de Río Blanco y los mineros de Cananea fueron a la huelga por terribles condiciones con las que se les exigía trabajar. Las detenciones arbitrarias de quienes protestaban contra el régimen y su traslado a Valle Nacional fueron comentadas en periódicos y libros. Las publicaciones políticas de los hermanos Flores Magón combatían frontalmente la dictadura. El pueblo, en su “ignorancia”, experimentaba el flagelo de la pobreza y comprendía perfectamente que la causa de sus dolores era un mal gobierno. Las elecciones de 1910 vieron a Porfirio Díaz ganar “democráticamente” la Primera Magistratura del país y a Francisco I. Madero sufrir el despojo de un triunfo que en forma legítima había obtenido. Madero consiguió penetrar en la conciencia nacional con su libro “La Sucesión Presidencial” y con la formación de clubes antirreelecionistas los cuales finalmente convertidos en partido político, lo lanzaron como candidato contra el dictador. La mayoría popular votó por Francisco I. Madero pero el resultado “oficial” favoreció a Don Porfirio y lo proclamó Presidente de la República. Este agravio y las persecuciones políticas y encarcelamientos poselectorales dieron origen al Plan de San Luis, documento por el cual Madero convoca al pueblo de México a que el 20 de Noviembre de 1910, a las seis de la tarde, tomara las armas y comenzara la lucha contra el oprobioso régimen del General Porfirio Díaz quien por la fuerza pretendía perpetuarse. Pascual Orozco, Francisco Villa Emiliano Zapata, Venustiano Carranza y cientos de miles de mexicanos se unieron en torno a la convocatoria de Madero; seis meses después el Presidente Díaz renuncia a la Presidencia de la República y salía del territorio nacional para no volver. Sin embargo, la lucha por el poder no terminó entonces: traiciones, ambiciones y desacuerdos la prolongan hasta que en 1934, con el general Lázaro Cárdenas se inicia una época de sucesiones presidenciales que todavía no se interrumpe. A cien años de distancia recordamos con emoción y respeto al iniciador de nuestro gran movimiento social y vencedor de la dictadura, Don Francisco I. Madero. ¡Honor a él y a los hombres y mujeres que realizaron la hazaña inmortal de nuestro pueblo: la Revolución Mexicana!
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