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Por: Marco Antonio Blásquez - El adiós a Fidel Samaniego
El pasado 6 de agosto murió el periodista Fidel Samaniego Reyes, el cronista más plástico, colorido y pimentoso que he leído dentro del periodismo nacional. Fidel fue mi amigo, mi hermano y mi maestro. Sería arduo recordar las vivencias que compartí con él. Por ahora sólo atino a confesar que su partida me sacudió. Cuando yo llegué en calidad de auxiliar de redacción a El Universal en 1981 (a los 18 años de edad), Fidel (de 28) ya era un reportero de altos vuelos. Por aquellos inicios de los ochenta, Fidel se desenvolvía como reportero político al lado del gran Jorge Avilés Randolph. A Avilés Randolph le decían “el pavo”; y a Samaniego, “el cisne”, porque la “clase popular” de aquella redacción los consideraba elitistas. Aquella era una redacción de ensueño. Tenía sus vacas sagradas: el propio Avilés, Jorge Coca, don Luis Sevillano, Ariel Ramos Guzmán, Mario Quintero, Rigoberto López Quezada, Jorge Heweet, Leopoldo Cano, Mario Cedeño, Pancho Jordá. Sus niños héroes: Samaniego, Enrique Aranda, Eduardo Arvizu Marín, Herminio Rebollo. Y su clase obrera: entre la que me encontraba yo, a mis 18 años, con todas las ganas de ser alguien en ese mundillo de superdotados del periodismo. Durante los 10 años que laboré en ese diario y los posteriores 22 en que me he mantenido como fiel lector, nunca leí un cronista como Fidel. Era un mago de la descripción y del relato, de la aplicación de los verbos. Y como nadie dividía las ideas cortas con el “traicionerísimo” y “contraindicadísimo” punto y seguido. Sólo un escritor con la riqueza literaria de Fidel podía desafiar exitosamente las reglas de construcción de los géneros subjetivos. La crónica de Fidel no necesariamente era periodística, pero tampoco era literaria. La crónica de Fidel era sencillamente de Fidel. Por aquellos años, El Universal contaba con otro notable cronista, Miguel Reyes Razo, quien se había formado en otras redacciones y por ello no se le tenía el reconocimiento de Fidel Samaniego. Las habilidades de los periodistas para desarrollar determinados géneros y/o especialidades de cobertura son indudablemente innatas. Pero ocurren accidentes en nuestras carreras, contactos cercanos con ciertos eventos o personajes que nos sellan para siempre. En este sentido yo creo que Fidel siempre mantuvo una crónica entretenida y de fácil asimilación gracias a las enseñanzas de su primer jefe: Leopoldo Meraz, “el Reportero Cor”. Ya entrados en el siglo 21 cuesta trabajo recordar que Fidel se inició en El Universal como suplente en la sección de Espectáculos, entonces “jefatureada” por el gran Leopoldo Meraz. Lo afirmo porque se y me consta: ese estilo despreocupado y ocurrente de Fidel en buena medida estuvo influido por “el Reportero Cor”. No nos costaría ningún trabajo cotejar las crónicas de Fidel y de Leopoldo y encontrar una exagerada similitud entre la extensión de las frases y de los párrafos, así como en la “forma literaria”. No quiero sugerir que Fidel le copiaba a Leopoldo. Pero debemos reconocer que es imposible laborar años al lado de un genio sin aprenderle algunas “florituras”. Y se da el caso que Leopoldo era un genio. Fidel y yo fuimos amigos sinceros. Cuando tuve la suerte de crecer periodísticamente dentro de El Universal, él se convirtió en mi protector. Me recomendaba lecturas, me planteaba ejercicios de construcción gramatical. Frecuentemente coincidíamos en giras por el interior del país, y éramos parroquianos de las buenas cantinas. Me satisfacía saber que era lector de mis crónicas. Entre 1988 y 1989 él fue el cronista de Carlos Salinas de Gortari; y yo tenía el privilegio de serlo de Heberto Castillo Martínez. Existían abismales diferencias entre los cronistas y sobre todo entre los personajes, pero por aquellos tiempos se entendía que ya muchos nuevos prospectos le empezábamos a dar guerra a Fidel. Mi salida de El Universal y mi mudanza a Tijuana fue la causa por la que mi amistad con Fidel se distanció. Mi última orden de información en El Universal me la dio él, un domingo 19 de marzo de 1989. Esta fue su orden: “Mañana, el reto…la vida y sus variantes. Te ordeno que sigas siendo ese periodista arrojado e impredecible. Nunca te dejes intimidar por un poderoso. Vuela sin límites con alas universales”. En lo últimos 20 años nos vimos unas 10 veces y siempre nos reconocimos con cariño y respeto. Uno sabe que tenemos que partir, pero sinceramente no pensé que Fidel se fuera tan pronto. Ahora que ha partido, viviré infinitamente agradecido con él, por haberme enseñado a ser periodista. Gracias, amigo Fidel.
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