Nostalgia… PDF Imprimir E-mail

Por: Lic. Edgardo Leyva

Hace veinte años Tijuana lucía como la joya de Baja California. Su frontera con una zona de privilegio económico le proporcionaba oportunidades de desarrollo incomparables para la industria, el comercio y el turismo. Especialmente ésta última actividad. La ciudad contaba con una Avenida Revolución conocida mundialmente; poseía uno de los mejores hipódromos en la Costa del Pacífico; tenía un Palacio para el Frontón, así como dos Plazas de Toros, auditorios para todo género de espectáculos, así como centenares de restaurantes, bares y centros de diversión de primera calidad, además de un Centro Cultural orgullo del noroeste del país.

Sitios de incomparable belleza conformaban el entorno natural de nuestro municipio: Playas de Tijuana, El Vigía, San Antonio, Santa Mónica Sur, Colonia Mexicali, Rosarito, La Paloma, La Encantada, Popotla, Santa Martha, El Morro, Kilómetro 38, Puerto Nuevo, Cantamar, Los Médanos, El Descanso, Medio Camino, La Misión, La Salina, Campo López, Salsipuedes, La Presa, Las Pozas Azules, el Parque Morelos (con más de 440 hectárea), sus balnearios de Aguas Termales en Río Tijuana, el Cerro del Coronel, la Mesa Redonda, el Cerro Colorado. Los conocimos y los visitamos muchas veces. Forman parte integral de nuestra condición de tijuanenses. Eran nuestros. Nuestras familias nos enseñaron a amarlos y disfrutarlos desde la infancia.

Aunque el tango dice que “veinte años no es nada” las carreras de caballos se acabaron; el Jai Alai cerró; la Avenida Revolución luce desolada; el Toreo de Tijuana desapareció; nuestras playas y patrimonio inmobiliario principal se perdieron en la formación de un quinto municipio; el Parque Morelos se vendió a particulares; los restaurantes famosos cerraron sus puertas. La tranquilidad y la confianza se agotaron, los turistas, pues, dejaron de visitarnos.

¿Qué sucedió? ¿Qué mano siniestra se posó sobre Tijuana y la despojó de bienes tan preciados? ¿Qué intereses perversos pudieron prevalecer sobre la voluntad de un pueblo progresista y trabajador para hacerle tanto daño? ¿Cómo es posible que cosas tan nuestras ya ni siquiera formen parte de esta ciudad?

No es cuestión de mala suerte colectiva o de alguna maldición. Es asunto de la vida y de los hombres. Es hechura de aquellos que no le tienen cariño a esta tierra que tanto les ha dado, de quienes debieron respetarla y engrandecerla en lugar de arruinarla.
Unos desde los cargos públicos y otros desde la iniciativa privada se han ocupado de que nuestra ciudad deje de ser conocida como la más visitada del mundo para identificarse hoy como una de las más peligrosas del país y de que las autoridades extranjeras aconsejen a sus ciudadanos que no vengan para acá.

Todavía es tiempo de que recapacitemos, autoridades y pueblo. Unamos esfuerzos para que nuestra querida ciudad recupere el sitio que debe ocupar en el concierto universal. Es posible hacerlo, todos ganaremos.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
J. Ignacio Carlos Huerta
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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