Una plegaria y una promesa (VI) PDF Imprimir E-mail

Por: Alejandro Vizcarra Estrada

Estoy en terapia intensiva, en el Hospital Fray Junípero Serra del ISSSTE, sala que es vigilada constantemente por médicos especialistas, internistas y enfermeras. Me encuentro conectado a 14 diferentes cables, sondas y tubos que me fueron puestos durante la cirugía. Trabajo profesional de quienes colocaron tales equipos, pues no presenté ningún tipo de complicación cuando me fueron retirados.

Tengo que mencionar algo que sucedió desde que me fue diagnosticada la IRCT. Además de sentirme cansado, triste, pensativo, débil y sin ilusiones (como dice la canción), todo ello se reflejaba en mi rostro. Cuando me encontraba frente al espejo notaba que mi piel lucía ceniza, amarillenta. Grandes ojeras marcaban profundamente mis ojos. Sin embargo, siempre que preguntaba a alguien más su opinión sobre mi aspecto, me respondían: “Te ves súper bien”. Incluso mis nietas mayores, Brenda y Andrea, antes de que les dijera palabra alguna, después de fuerte abrazo y beso tronado, me decían: “¡Qué bien te ves Tatita!” Esas expresiones hacían que de inmediato buscara donde mirarme para corroborar sus palabras. No les creía, pero ante tal insistencia, no me quedaba más que pensar que eran los espejos quienes mostraban una imagen equivocada.

Descubrí la verdad en la sala de terapia intensiva. Después de permanecer ahí internado durante tres días, mis nietas acudieron a visitarme, colocadas a tres metros de mi cama, con ventana de por medio. A esa distancia, y sin poder hablarnos, mis niñas hacían señas afanosamente para poderse comunicar conmigo. Con ese lenguaje les pregunté cómo veían mi semblante. “En las mejores condiciones”, me dieron a entender. Lo creí, como otras tantas veces, hasta que en la tarde pude ponerme en pie por primera vez, ayudado por amables enfermeras, para acudir al baño. Ahí, al contemplarme al espejo, me di cuenta que mis hijos, nietos, y demás familiares y amigos, se habían confabulado para no decirme la realidad. Estaba más feo que un Judas en Semana Santa. Mi aspecto era terrible, pues luego de la operación, arrojé algo así como ocho litros de agua que tenía acumulados en el cuerpo, los cuales siempre pensé que eran músculos. Al observarme detenidamente, me di cuenta que mi piel se había arrugado bastante. Sentí que la edad me había caído de golpe. Reflexionando, me di cuenta que el agua acumulada había ocultado el paso del tiempo. Cuando mi nuevo riñón comenzó a funcionar, el verdadero estado de mi piel emergió. Malo por un lado, bueno por el otro, pues eso permite que hoy esté conversando con usted.

En terapia intensiva tuve muy buena atención de todo el personal. Tuve la grata sorpresa de recibir la visita del propio Delegado del ISSSTE, licenciado George Webhe Abdel-Nour, mismo que estuvo muy al pendiente de mi salud. Asimismo, recibí a la mayoría de mis familiares y amigos. Por el cuarto del hospital pasaron Odilón García, Marco Antonio Blásquez, Miguel Ángel Torres Ponce, Conrado Osuna, Raymundo Jaime, José Luis Camarillo, Fernando Barroso, Christian Zúñiga, Mariana Chávez y muchos amigos más. Realmente el cariño y aprecio de tantas personas me dio ánimo en todo el trayecto de mi enfermedad.

Ellos se apostaron alejados de la sala de terapia. Me saludaban a través del cristal. No tengo más que agradecer las muestras de amistad que me brindaron en aquellos días tan críticos. Así pasé varias jornadas en terapia intensiva; me mantuvieron casi 30 horas sin tomar siquiera una cucharada de agua. Fueron momentos desesperantes. Suplicaba a médicos que al menos me permitieran mojar los labios con una gasa. Esa experiencia me hizo recordar a aquellos que se pierden en el desierto o el mar, desvariando, terminan, enloqueciendo, deshidratándose, desmayándose. Más que el alimento, el agua es el elemento más valioso que nos ofrece nuestra Madre Naturaleza, hay que cuidar este valioso líquido.

Salvo la angustiosa sed, todo lo demás resultó fabuloso: ningún dolor, ni mareos o vómitos, cero molestias. Luego pasé a la Sala General; Ahí conviví un día con diabético al que le habían amputado una pierna por problemas de circulación sanguínea. A dicho paciente le apodaban “El Grande” pues medía más de dos metros y la cama del hospital le quedaba chica. “El Grande”, no sólo de tamaño, sino de corazón, pues su trato conmigo y con el personal del hospital, familiares y amigos que lo visitaban era benévolo y agradecido. Tiene el hombre un bonito carácter.

En la próxima colaboración daré seguimiento a nuestra conversación, si el ingeniero Bonilla, Marco Antonio Blásquez, José Carbajal y Gaby Valay me lo permiten. Ojalá que me lean mis ahora diez lectores.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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