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Por: Alejandro Vizcarra Estrada El cirujano trasplantólogo Jorge Martínez Ulloa salió del quirófano dos horas después de iniciada mi intervención quirúrgica. Traía una mala noticia para mis familiares, quienes llevaban horas ofreciendo oraciones y promesas al Creador y al santoral entero, para que la operación resultara exitosa. Mi corazón se había detenido y tuve un infarto. Mientras el galeno daba el informe, el equipo médico trataba de reanimarme pues el miocardio ya no latía, trataban de regresarme con medicamentos y equipo de resucitación cardiopulmonar. El médico no aseguró nada. Pidió a mis seres queridos que oraran con más fuerza y les hizo saber que si en un lapso menor a los 20 minutos regresaba, sería para manifestarles que no había más qué hacer. Si no regresaba en las próximas tres horas, la operación seguiría. El trasplante habría sido completado y quien escribe habría salvado su vida. El doctor me contó luego que estuve “fuera del aire” por casi dos minutos. Mis familiares se dispusieron a esperar. Cada minuto aumentaba la esperanza de volvernos a encontrar. Ignoro que pasó en aquellos momentos en la Sala de espera, qué pensamientos cruzaron por sus cabezas, las conversaciones que pudieron haber tenido. Sólo pasaron dos horas antes de que el médico volviera. Pero llegó con la noticia de que la operación era un éxito. El nuevo órgano, un riñón, había sido colocado en la cavidad y funcionaba al 100 por ciento. Salvo el problema cardiaco que pudo ser controlado por los hábiles doctores, no hubo mayores contratiempos. El resto de mis órganos: hígado, cerebro, páncreas, pulmones, estaban funcionando perfectamente. Les dijo que ahora iniciaba mi proceso de recuperación. “Es hora de pagar las mandas y promesas”, bromeó el médico. Hice un análisis de las posibles causas del infarto al momento del trasplante, pues durante el protocolo visité a varios cardiólogos, obteniendo altas calificaciones con todos ellos, tal como se requería. A cada uno de los especialistas les pregunté la calificación que me otorgaban como candidato al trasplante. La respuesta siempre estuvo entre 8.9 y el 9.5 en escala del uno al diez. Eso me dio confianza durante el protocolo, mi corazón estaba en buen estado, aunque de un tamaño mayor al habitual. Esto debido a que padecía hipertensión arterial, controlada desde hacía tiempo. Incluso, les decía a los doctores que, así, con un corazón tan grande, “podía dar más amor a mis familiares y amigos”. Aún con los antecedentes mencionados, mi corazón se encontraba en buen estado, tal hecho fue esperanzador. Se sabe que cuando aparecen problemas cardiacos en un paciente de insuficiencia renal crónica terminal, el trasplante representa un riesgo mayor para la operación. Hay casos incluso donde es una determinante para que la operación no proceda. Aún así, según datos científicos que revisé durante el proceso, 95 por ciento de los trasplantes efectuados en México han sido exitosos, aún cuando el paciente presenta algún problema cardiaco menor. Cuando fui operado de la vesícula durante el proceso de protocolo para acceder al trasplante, momentos antes de la cirugía, también realizada con éxito por el doctor Martínez Ulloa, me fue inyectado en la columna vertebral un medicamento para anestesiarme parte del cuerpo, de la cintura a los pies. A los cinco minutos pretendí mover mis piernas y no pude hacer el más mínimo movimiento. A pesar de que los doctores me habían puesto sobre aviso: el efecto de la anestesia pasaría una vez extraída la vesícula. Sin embargo, me asusté, pensé que me había quedado paralítico. Los doctores pidieron calma, nada raro pasaría y horas después podría volver a caminar, tal como sucedió. Reflexionando al respecto, al momento de no tener control sobre mi cuerpo, es decir, mis piernas, pensé en las miles de personas con discapacidad, que pasan su existencia en una cama o en silla de ruedas. Muchos de ellos sin sus extremidades, mutiladas. Pensé en el sufrimiento que sobrellevan durante su vida. Poco antes del trasplante, ante el susto que me había llevado meses antes, en septiembre del 2008, con la operación de la vesícula, hice una petición a mi trasplantólogo: “No quiero entrar a la sala de operación despierto, no deseo experimentar la falta de sensibilidad en mi cuerpo”. El médico aceptó la solicitud y me prometió que su servidor entraría totalmente dormido al quirófano. Así, me suministraron un par de pastillas para dormir. Eso, más las inyecciones habituales, es lo que presumo me provocó la falla cardiaca que, si no fuera por los excelentes médicos del ISSSTE que me atendieron, no estaría contando a ustedes en esta prestigiada revista. Nunca me he atrevido a contar esta deducción personal con mis médicos salvadores, pues lo que importa es el hecho de poder gozar de buena salud, gracias a Dios, a mis familiares difuntos, a los médicos que me atendieron, a las oraciones de familiares y amigos que, por lo que me han confiado, estarán pagando mandas durante años, pues el tamaño del milagro recibido es enorme. La madrugada del 9 de enero del 2009 salí de la sala de operaciones del Hospital Fray Junípero Serra del ISSSTE, rumbo a la sala de terapia intensiva del mismo hospital. Eso lo contaré a mis nueve lectores en la próxima edición de Panorama, si el ingeniero Bonilla, Marco Antonio Blásquez, el señor José Carbajal y la licenciada Gabriela Valay me lo permiten.
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