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Por: Aquiles Medellín Silva Caribdis y Escila eran dos seres mitológicos que convertían en una peligrosa aventura la travesía del estrecho de Mesina. El primero era un monstruo marino que tragaba enormes cantidades de agua que regurgitaba formando así unos tremendos remolinos que hacían zozobrar a los navíos que pasaban por sus cercanías. Algo más adelante, Escila, otro engendro con doce pies y seis cabezas, se lanzaba a devorar a quienes habían conseguido sortear el primer peligro. Homero explica cómo Ulises decidió evitar a Caribdis, pero a costa de acercarse en exceso a Escila y así perder parte de su tripulación. Los argonautas, en cambio, gracias a la ayuda de la nereida Tetis, consiguieron salir indemnes de ambos peligros. Bueno pues entre Escila (Calderón) y Caribdis (Osuna Millán) se encuentra el Partido Acción Nacional que teme una sentencia del máximo Tribunal ciudadano (votos en las urnas) que ampute a la ya tan manoseada patria (des)ordenada y (nada) generosa que prometieron hace 21 años. Caribdis es el peligro de que se hagan realidad los negros presagios que pesan en las urnas bajacalifornianas con el afilado bisturí ciudadano debido a sus muchos desaciertos (sismo, elección de Estado con el niño Torres, deslaves, diputado con droga, súbito enriquecimiento de la clase gobernante, constructora Makro ajonjolí de los contratos en Baja California). Pero queda la duda si esta situación es o será debidamente utilizada para encaminar esos cambios radicales o si los gobiernos panistas y las áreas de presión política y económica se limitarán a poner parches para lograr a corto plazo la recomposición del viejo sistema de carro completo: maquillarlo todo de aparente democracia sin resolver los problemas fundamentales y esperar un próximo y quizá definitivo tropiezo. No puedo dar una opinión demasiado global de todo el problema, pero, al menos, parece evidente que en el Estado mexicano las decisiones gubernamentales no sólo son escasas y tardías, o sea, terriblemente inútiles, sino que se orientan hacia tímidas propuestas de remiendos paliativos los cuales en definitiva no van a cambiar nada fundamental y sólo nos ayudarán a volver a las ampollas de antes y a la inseguridad de nuevas crisis. Esta sería la peor consecuencia de la situación actual: es desaprovecharla. Por eso creo que las previsiones se van a cumplir enteramente en julio; más bien la realidad nacional que nos aqueja muestra serias fisuras, entre otras el increíble retroceso del panismo en número de escaños en el Congreso Federal y en Baja California en unas cuantas semanas más lo palparemos. Pero está claro que Felipe Calderón se propone meter la cabeza en la tierra como avestruz igual que hizo en 2009 con la tremenda paliza que le recetaron los ciudadanos en las elecciones federales intermedias. Calderón ya no tiene apoyos en el país, vamos, hasta el empresariado que se “tragó” en 2006 el estigma que AMLO significaba “un peligro para México” se reencuentra con el tabasqueño. Sin AMLO no será posible alcanzar el imprescindible equilibrio nacional, pero se interponen serios obstáculos en las negociaciones en uno y otro bando. Está claro que Felipe Calderón (alias Flash Gordon) abandonará Los Pinos con más pena que gloria sin haber ganado ninguna elección durante el sexenio, de ahí que muchos, incluidos miles de votantes panistas estén arrepentidos. A Calderón le llaman Flash Gordon, en memoria del personaje de ciencia ficción de los años treinta. Los panistas empiezan a hablar con las manos, de modo que un hung Congreso o fracción legislativa o colgado, sin mayoría, no es querido por nadie, y menos en la actual situación que vive el país. La crisis del sector financiero, motor del crecimiento, resulta ser incluso más grave que la que vive España. Este sector empleaba aproximadamente al 20 por ciento de la fuerza laboral y fue responsable de más de 50 por ciento de la creación de empleo hasta los años setenta del siglo XX. Hoy, como el sector inmobiliario, está hundido, y aunque la destrucción de puestos de trabajo es más reducida que en España, el desempleo alcanza al 35 por ciento de la población activa. En cuanto al déficit público, la crisis ha abierto una brecha entre los ingresos y gastos de alrededor de 12 por ciento del Producto Interno Bruto. Como consecuencia, se ha producido un aumento importante de la deuda pública, que ha subido de 40 por ciento del PIB a previsiones que la sitúan en el 75 por ciento una situación que ha encendido todas las alarmas. Gracias al PAN, Fox y Calderón «este es un país en vías del infradesarrollo». En esta campaña electoral, tanto priístas como panistas han adoptado una retórica de reducción del gasto público, aunque ningún candidato presenta un plan integral para abordar el problema del déficit estructural. Por eso afirmo que los bolsillos votarán en las urnas, como ocurrió con el antecesor de Zedillo a Carlos Salinas, quien insinuó un aumento de los impuestos y en su tiempo fue derrotado. Muchos observadores se preguntan atónitos por las razones del inminente resultado electoral en unas cuantas semanas en 12 entidades. El sistema de partidos, dominado desde el decenio de 1920 por el duopolio formado por priístas y panistas, está cambiando gracias a la resurrección de una tercera fuerza, los ciudadanos que ya no se fijan en los partidos. Ninguno de los principales partidos cuenta con un número significativo de afiliados. En el electorado, además, hay numerosos votos flotantes sin una ideología política concreta, y cuyos impredecibles cambios pueden convertir unas elecciones en una auténtica lotería, como ocurrió en 1988, cuando el olvidado Cuauhtémoc Cárdenas hizo naufragar la presidencia de Carlos Salinas contra todo pronóstico, Aun así, la fidelidad al voto sigue siendo la norma, lo que ha permitido a los dos principales partidos dominar el escenario político. De hecho, las tres agrupaciones políticas más importantes son, en cierto sentido, coaliciones de grupos con ideologías diversas. Con todo, a nivel popular se sigue identificando a los panistas con los monopolios, a los priístas con una ensalada de ideologías internas llamadas corrientes, y a los tecnócratas, que fluctúan en posiciones centristas y de derecha, como gente incapaz sin representaciones amplias, más bien procedentes de diversos ámbitos pero todavía no preparadas para gobernar. En realidad, los pretensos candidatos no son suficientemente conocidos y no han gozado del apoyo de numerosos agrupamientos aunque cuentan entre sus filas con representantes de clase media. La confrontación no es una querencia natural motivada para darle gusto al cuerpo político de nuestra sociedad, sino una tecnología de movilización de los propios, basada en la exacerbación del odio al adversario; es, por lo tanto, una estrategia inducida con una intención partidista y electoral. El PAN la instaló para llegar al poder en 2000 y quedarse en 2006, ante la desesperación de la pérdida de unas elecciones que creía ganadas (Recuerden a AMLO como un peligro para México). En aquel contubernio, con un grupito de monopolios como elemento de confusión, se demostró su utilidad en consecuencia, Fox y Calderón se instalaron en Los Pinos. Casualmente, Televisa también estaba en el epicentro de aquella trifulca. En las últimas elecciones intermedias los dos partidos (PRI-PAN) compartieron estrategia. Lo dijo The Financial Times y se le escapó a The Washington Post cuando creía que el micrófono de México estaba cerrado. Al final, pudo más el miedo al “peligro para México” que la catástrofe gubernamental de Fox y Calderón. Ahora, el PRI es el instrumento útil para otra tensión política donde la lucha contra el regreso 10 años después de la muerte del dictador tricolor, es el elemento clave en un México que ha vuelto a escuchar consignas de los chicos de la banda azul «¡no pasarán!» y en la otra esquina «¡mañana, México, será republicano!», mientras un Presidente Calderón a punto de ser derrotado antes de concluir su mandato amenaza en convertirse en líder de una “izquierda chuchista perredista” que, en vez de proyectar el futuro, está revisando lo más retrógrado del pasado disfuncional.
El PAN, sumergido en escándalos de corrupción, ha aceptado el reto de una metodología que le es consustancial y donde se encuentra cómodo; sólo necesita apartar a los falangistas del Yunque, que son cuatro, y que ya lo están de la querella contra Calderón, para que este nuevo escenario de bronca le sea transitable este año de derrotadas anticipadas ante el PRI. Se puede producir la paradoja de que el PAN defienda la permanencia y la amnistía de los cuatro, mientras el PRD en pedazos abomina de la obra histórica de sus inicios para lograr la normalidad democrática. La esquizofrenia ideológica está servida en el país y no está claro que dé resultado a ninguno de los dos partidos en un escenario de más de sesenta millones de pobres y con la soga amenazando el cuello de la economía nacional. Como en la mayoría de las guerras, el país quedará hecho unos zorros apestosos después de julio. Pero los generales se lo pasan de lo lindo. Desde 1929, llegaron al poder y han hecho una travesía del desierto en busca de una identidad política propia. Pero su tantas veces anunciada identidad es camaleónica pues nunca acaba de cuajar, y sus escaños en la Cámara de diputados queda restringida a un puñado de esforzados de la llamada cinta plurinominal, nutrida de flecos electorales. Asociados a la representación proporcional, a las viejas causas de los derechos humanos y las libertades civiles, la descentralización y la preocupación por el medioambiente, además de su especial atención a encaramarse en el poder a cualquier precio. Yo no soy de las personas que tachan de fascistas a militantes honestos y generosos en el quehacer público nacional. Incluso yo conservo amigos en el PAN a quienes aprecio y respeto por sus acciones y sus creencias, pero no puedo dejar de señalar las prácticas de un grupito de trasnochados ultraderechistas enquistados que están agobiando al país. En mucho tiene culpas nuestro sistema electoral, porque desde hace más de 30 años impide que se consoliden opciones alternativas a los grandes partidos, no permite que esa opción adquiera peso en las urnas. Pero es una realidad palpable. Se viene percibiendo desde hace años. En la vida cotidiana. En la gente que repite enfervorizada, como si fueran creaciones propias, los despropósitos que pululan por las ondas de la realidad nacional. Hasta el momento, ningún dirigente político ha alzado su voz para denunciarlo (incluyo al PRI, PRD y al mismo PAN). Callan, como hace la mayoría de los ciudadanos corrientes cuando se topa, en un bar, en un taxi, con uno de esos energúmenos borrachitos prepotentes de fin de semana. ¿Para qué contestarles si no les vas a convencer de nada y si, encima, puedes llevarte un disgusto o un zopapo? Pero el sondeo de opinión nacional indica que la cosa es muy grave y que no valen paños calientes para hacerle frente al desbarajuste económico. Porque el rechazo es tan extenso que registraba la encuesta, que también, se transforma la expresión en un fenómeno sociológico –la dificultad de convivir seguidamente de manera masiva con la desigualdad, la falta de oportunidades en los jóvenes (en este país 60 por ciento de los jóvenes entre los 19 y 27 años no encuentra trabajo) y que, además, ha llegado de golpe, como la manifestación de una ideología de ultraderecha el aumento de los alimentos básicos (38.5 por ciento de aumento los primeros tres meses de este año), más los aumentos que alteraron los precios de luz, gas, energía eléctrica, etcétera. Que, al igual que en Francia, en Italia, en Holanda, en Austria, en Suiza, en Bélgica o en Dinamarca, ha escogido como banderín de enganche de su propuesta las campañas de mercadotecnia gubernamental que más que ayudar aleja al gobierno de la gente común...Ni modo, lo tengo que señalar, lo mismo hizo Hitler en la Alemania nazi. O la derecha norteamericana en los EU de esos mismos años, los de la depresión económica. Si no estamos ante un hecho ideológico, entonces ¿por qué no todos de los que se ven afectados por los problemas que plantea la enorme desigualdad social y económica nacional se pierden en ensoñaciones? Pero ni un solo dirigente político ha abierto la boca al respecto. Como si el rechazo a los partidos no fuera una de las razones principales del crecimiento de la enorme desigualdad que hoy padecemos. México es una nación que está buscando un Estado que le sea útil. Y, hoy por hoy, si no cambian las cosas, ya vemos que el Estado mexicano no lo es. Y para lograr un Estado útil es fundamental mantener aquella conciencia colectiva que se ha creado como reacción a los malos tratos y al menosprecio de nuestras realidades de parte de la corriente grupera panista. Hay que evitar que los parches paliativos nos hagan definitivamente inútiles. Es necesaria una sociedad desacomplejada. ¿Ganarán los ciudadanos las urnas? Lo veremos en julio.
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