Una plegaria y una promesa (V) PDF Imprimir E-mail

Por: Alejandro Vizcarra Estrada

Pasé Navidad y Año Nuevo con familiares y amigos conviviendo durante las fiestas decembrinas. Rezando en mis momentos de soledad; pidiendo al Creador que se presentara el milagro; visitando las tumbas de mi padre e hijo, quienes, por cierto, tienen inscrito el mismo nombre: Antonio Martín Vizcarra (a mi hijo, en honor a su abuelo, lo registré de esa manera). Platiqué con los tres (el tercero, Dios) en repetidas ocasiones. Las fechas navideñas inspiran oración, reflexión, recuerdos, visita a seres queridos como familiares y amigos, asistir al camposanto a conversar con los que se nos han adelantado. Así lo acostumbra un servidor.

¡Y se hizo el milagro! Me escucharon los tres convocados. La tarde del día 7 de enero del 2009 recibí la llamada del doctor Ismael González Contreras, médico trasplantólogo, mismo que atendía mi caso, en compañía del también trasplantólogo, doctor Jorge Martínez Ulloa. Me urgían a que acudiera a Hospital General, pues se había presentado un donador cadavérico cuyo tipo de sangre coincidía con el mío. Existía la gran posibilidad de que pudiese acceder a un trasplante ya que el donador, un joven de apenas 18 años de edad, había recibido un balazo en la cabeza y presentaba muerte cerebral. Se hicieron estudios y procedimientos previos. Se obtuvo autorización de los familiares del donador; se dió aviso al Ministerio Público; se valoró al donante, es decir, se habían cumplido los requisitos legales y sólo faltaba que los posibles receptores acudiéramos para que se nos tomaran muestras que serían enviadas a un laboratorio de La Jolla, California para pruebas de compatibilidad (también conocidas como pruebas cruzadas). En este caso, había viabilidad para dos riñones, un hígado y las dos córneas, si las pruebas de compatibilidad salían positivas.

Quizá por el nerviosismo y el estrés de los involucrados o sea, las enfermeras, dos médicos del hospital y quien esto escribe, luego de once intentos de pincharme en piernas y brazos resultaba imposible sacarme una sola gota de sangre. Entonces, pedí autorización a los médicos para acudir al laboratorio de mi preferencia, Certus, a donde ya había asistido una docena de ocasiones a realizarme diferentes exámenes. Consideré que en dicho laboratorio ya conocían mis venas, pues aunque no lo crean, a veces se ocultan. Los médicos accedieron a mi petición; el tiempo se agotaba. Acudí al sitio antes señalado: el fluido salió al primer intento, eso era vital para mi sobrevivencia.

La sangre fue enviada a Estados Unidos, el laboratorio mandó los resultados por correo electrónico a los médicos trasplantólogos y, vaya sorpresa, ¡salí compatible en 94 por ciento con mi donador! No había mayor compatibilidad posible, ni siquiera con mi donadora viva, no relacionada, la que el Comité Técnico del ISSSTE había rechazado.

Durante ocho meses desde el diagnóstico de mi enfermedad y luego que los doctores me informaran de las dos opciones para seguir viviendo (diálisis o trasplante), me había ocupado en llevar a cabo el protocolo que requiere un trasplante. Visité cardiólogos, nefrólogos, urólogos, odontólogos, médicos internistas, radiólogos, laboratorios y más. No podía entrar a cirugía con el más mínimo malestar. Cualquier padecimiento, por pequeño que fuera, pondría en peligro mi vida. Todo fue tomando su curso. Se me detectaron piedras en la vesícula y me la extirparon. Sólo tenía una muela con caries, a cuya extracción me resistí todo lo que pude, aduciendo mil pretextos. Así, llegó el momento del trasplante en el Hospital Fray Junípero Serra del ISSSTE, en la ciudad de Tijuana.

¿Por qué considero que mi operación fue un milagro?

a)     Porque hubo un trasplante con donador cadavérico el día que se había estipulado para mi trasplante con donador vivo no relacionado. El mismo que el Comité Técnico del ISSSTE había rechazado: el 9 de enero del 2009.

b)     Porque tenía como donador alterno a un amigo que amablemente se había ofrecido a donar un riñón. Él también había cumplido con el protocolo. Pero, por su edad (59 años) no era recomendable una cirugía si yo contaba con una donante más joven (36 años). Dicho amigo se apellida Pérez.

c)      Yo me llamo Alejandro.

d)     El donador llevaba en vida el nombre de Alejandro Pérez.

e)     Por circunstancias que desconocía, pero que ahora comprendo, el trasplante se llevaría a cabo el día 08 de enero por la tarde. Eso no fue posible porque los médicos se atrasaron con otras actividades. La operación inició a la una de la mañana del día 9. ¿Por qué tenía que ser el día 9?

f)  Una mayor compatibilidad entre mi persona y el donador cadavérico que con mi donadora viva no relacionada.

g)     Porque en el proceso de mi operación, el doctor trasplantólogo salió unos momentos para avisar a mis familiares y amigos (que en buena calidad y cantidad me acompañaban en la sala de espera) que se había producido un infarto, y que estaban tratando de regresarme con choques eléctricos.

De esto último les platicaré a mis ahora ocho lectores en la siguiente colaboración. Esto, si el ingeniero Bonilla, Marco Antonio Blázquez y el señor Carvajal me lo permiten.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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