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Por: María Elena Estrello / SIP Contrario a la creencia de que la filosofía nada tiene que ver con la vida cotidiana, ocurre que dicha disciplina está íntimamente relacionada con todos y cada uno de nuestros actos. El pensador Francisco Larroyo tenía claro que para Sócrates el fin último de la filosofía es la educación moral del hombre. De ahí que las ideas generales que le preocupaban al filósofo griego fueran las virtudes éticas. “Sócrates consideraba que el recto conocimiento de las cosas lleva al hombre vivir moralmente…Quien sabe lo que es bueno, también lo practica; ningún sabio yerra; la maldad sólo proviene de la ignorancia, y puesto que la virtud reposa en el saber, puede enseñarse”, señala el zacatecano en un estudio preliminar de los Diálogos de Platón. Durante gran parte de la centuria pasada, en México “…la Unidad Nacional fue la tierra firme y el salvoconducto pues fundía armoniosamente a las clases sociales, a las tendencias ideológicas, a los logros antagónicos, a los héroes opuestos y contradictorios, ironiza el maestro Carlos Monsiváis, en Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX, en un estudio publicado por El Colegio de México en 1976. Ambas referencias de sendos intelectuales mexicanos nos llevan a reflexionar acerca de qué podemos hacer como ciudadanos para obligar a nuestras diferentes instituciones políticas en México a fin de que lleguen a acuerdos que se reflejen en acciones de la realidad concreta, para que como integrantes de la enorme base de la estructura piramidal gocemos de sabiduría, salud y riqueza, entendidas éstas como opuestas a la ignorancia, enfermedad y pobreza (consideradas como malas por la doctrina socrática). Siguiendo el pensamiento socrático en el sentido de que sólo cuando se conoce la justicia se es justo y siendo la filosofía griega la base de la democracia, inferimos a priori que quienes nos representan desconocen el ius, la areté o el bien, pues lo que hoy (en medio de vergonzosos acuerdos partidistas) en el discurso retórico se practica, en la praxis no se aterriza. A más de dos mil años 300 años de que Sócrates, considerado como el valuarte de honestidad filosófica y ética se requiere que los diferentes actores políticos sean personas que se opongan al mal. Ya no nos queda más esa Unidad Nacional que antes amalgamaba a los mexicanos y que se ha ido diluyendo en aras del progreso globalizador. Y para el colmo, las autoridades educativas desdeñan la enseñanza de la filosofía (y de la historia y civismo) en la educación media superior. Poco a poco el bien común, que debería ser el fin último de la política, en México se ha ido transformando uno y otra en agua y aceite: no se mezclan.
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