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Por: Dr. Antonio García Ruiz - ¿Puede la obesidad afectar a mis hijos?
Todo pareciera que los temas relacionados con la obesidad están “de moda”. En revistas, periódicos, radio y televisión. ¡Todo el mundo habla de ella! Pero, ¿realmente nos afecta tanto?, ¿pueden mis hijos ser obesos y yo no haberme dado cuenta? La obesidad es, hoy por hoy, el asesino más eficiente del mundo. Esto es motivo de preocupación nacional porque en México representa alrededor de 100 mil muertes al año que pudieron haberse prevenido. De muchos es conocido que la Diabetes, la Hipertensión Arterial y los Infartos Cardiacos son la causa principal de mortalidad en estos pacientes. Pero no sólo éstas enfermedades afectan a los pacientes obesos, sino también varios tipos de cáncer, trastornos circulatorios y respiratorios graves, infartos cerebrales, afecciones de articulaciones (de columna vertebral, cadera, rodillas y tobillos), depresión y muchas otras alteraciones de la salud son mucho más frecuentes en las personas obesas. El problema, dentro de todo esto, es que aún no hay una cura eficiente para este mal. Es curioso, pero igual que el tabaquismo (el segundo asesino más eficiente del mundo), las personas que sufren de obesidad grave (esto es, que pesan más del doble de lo que deberían pesar), tienen menos del 5 por ciento de probabilidades de librarse de ella definitivamente sólo con base en dieta, ejercicio o algunos medicamentos. Recientemente, algunos tipos de cirugías han demostrado que son capaces de controlar eficientemente la obesidad grave. Sin embargo, sus riesgos y costos hacen que sólo algunos pacientes puedan operarse y no son todavía una alternativa para la población infantil (excepto algunos casos de adolescentes). Ante esta situación aparentemente irremediable, es inminente que nuestros esfuerzos como sociedad deben enfocarse a la prevención. Tratando de entender por qué los mexicanos nos hemos vuelto tan propensos a la obesidad, hemos escuchado que la “comida chatarra”, que los “juegos de video”, etcétera, etcétera… Esto de alguna manera es cierto, pero el origen de la obesidad es demasiado complejo para atribuirlo sólo a estos efectos. No obstante, no hay duda que la alimentación es, con mucho, la pieza clave en su origen. Luego de revisar mucha de la información médica al respecto, puede llegar uno a la conclusión de que más que el tipo de comida que se consuma, es la cantidad de comida la que influye predominantemente en nuestro peso. Igualmente, hemos considerado que la falta de ejercicio es otro principal factor. Pero para bajar de peso, comparativamente hablando, es mucho más eficiente una dieta correcta (balanceada y de calorías ajustadas al tamaño de la persona) que un programa exagerado de ejercicio. ¡Esto no quiere decir que el ejercicio sea innecesario! Al contrario, son dos hechos que se complementan: el ejercicio vuelve mucho más eficiente una dieta adecuada y, por otra parte, ayuda a mejorar muchas de las otras alteraciones que sufre un paciente obeso. Entonces, insisto, debemos controlar particularmente las cantidades de alimento que consumimos, además de esforzarnos por hacer ejercicio regularmente, si tenemos una verdadera intención de mantener nuestro peso en rangos más saludables. Entendido lo anterior, ¿cómo saber si mis hijos están en un “peso saludable”? Nuestro concepto de peso adecuado en los niños ha sido tradicionalmente sesgado por la imagen tierna de un bebé “cachetoncito”. Obviamente, nunca querríamos ver en nuestros niños aquellas imágenes terribles de niños demacrados que en África padecen de hambruna y menos pensaríamos que ese es el peso deseable en ellos. No obstante, parece que nos hemos acostumbrado a considerar peso normal al “sobrepeso” y sólo consideramos gordo al niño obeso grave. Igualmente, es muy frecuente que como padres de hijos con tendencia a la obesidad, estemos esperando el “estirón” que habitualmente acompaña a la adolescencia para que su complexión cambie. Por condiciones naturales, la grasa en los bebes y niños pequeños puede acumularse debajo de las mejillas y el tamaño de las vísceras abdominales hace que a esta corta edad sea normal que el abdomen se aprecie de mayor diámetro que el tórax. Pero en el niño que ya acude a la escuela, la presencia clara de un abdomen prominente o de “llantitas” que cada vez son más notorias comienza a ser anormal. Si esto ocurre en alguno de tus hijos, probablemente sea buen momento de preguntarle al Pediatra si el peso de este niño o niña es el correcto para su estatura y edad. Debemos recordar que el sobrepeso y mucho más la obesidad tienen efectos muy negativos en el desarrollo físico y mental de los niños y niñas. Casi todos sus órganos se ven forzados a “trabajar” mucho más para sostener sus funciones habituales y para “crecer”. En particular, sus capacidades físicas pueden llegar a ser menores que las de sus compañeros, su aparato óseo sufre alteraciones que puede dejar secuelas graves a temprana edad, su aparato hormonal (endocrino) puede funcionar incorrectamente y afectar seriamente su desarrollo (inclusive el sexual), su autoestima y su integración social pueden también verse gravemente limitadas. Por otra parte, debemos recordar que el niño obeso tiene 80 por ciento de probabilidades de convertirse en un adulto obeso. De alguna manera, aunque no sea totalmente justo, al obeso adulto podríamos responsabilizarlo de su propio peso corporal. Pero en el niño obeso, dejar esa responsabilidad únicamente a su capacidad de “autocontrol” no sólo es imposible sino sumamente injusto. Ahora bien, si estamos ya concientes de que alguno de los niños en nuestra familia tiene un problema de sobrepeso u obesidad, ¿qué podemos hacer para ayudarlos a mejorar su salud? Por supuesto que podemos excusarnos todos y decir que, en última instancia, el problema es “educación” y dejar que conforme nuestro niño se eduque y se haga más conciente de su problema comience a tomar “medidas en el asunto”. Es cierto, la educación es la base, pero esta debe iniciar en nuestra casa y debe ser complementada en la escuela. Probablemente el verdadero inicio educativo sea con nosotros mismos, los adultos. Debemos preocuparnos y enterarnos mucho más por la obesidad infantil. La información al respecto abunda en revistas, librerías, Internet, etc. Desafortunadamente, no hay una receta mágica. Hasta la fecha, para llevar a los niños a mantener un peso adecuado las únicas alternativas que funcionan sin causar efectos secundarios indeseables son las multicitadas dieta y ejercicio.
Sin embargo, algunas sugerencias pueden servir: Saque al enemigo de su casa. Elimine de su lista de compras los alimentos de alto contenido calórico que sean innecesarios (galletas, pastelillos, refrescos, dulces, etcétera). Poca comida no mata. Las raciones de comida que requieren los niños son mucho menores que las que necesitamos los adultos. La capacidad del estómago de ellos es casi equivalente a su mano empuñada. La frase clásica de “no te levantas hasta que dejes el plato limpio” no debe considerarse más como un “buen hábito”. A caminar se ha dicho. Trate de hacer ejercicio aeróbico regularmente y hágase acompañar por sus hijos en estas actividades. Ellos verán en usted un ejemplo y probablemente sea una buena manera de convivir más con sus hijos. “Matará dos pájaros de un tiro”: es más, si quiere llevar esta experiencia a un nivel superior, juegue con ellos a “corre que te alcanzo” por unos 20 minutos diarios. La educación lo es todo. Hable con sus hijos sobre hábitos sanos de alimentación. Enséñeles a leer las etiquetas de aspectos nutrimentales que vienen en casi todos los productos comerciales y juegue con ellos a “encontrar los elementos malos” en las listas (contenido de kilocalorías, carbohidratos refinados, lípidos, ácidos grasos saturados, etcétera). La panza es primero. Dedique tiempo para prepararles algún refrigerio sano para la hora del recreo. Al ojo del amo. Supervise personalmente la alimentación de sus hijos. En la sociedad moderna, con mucha frecuencia, es “la muchacha” quien lleva el papel de “experta en nutrición” del hogar. Los resultados son, por ende, obvios. La madre naturaleza. Prefiera postres y bebidas naturales. Las frutas son un excelente postre y sirven muy bien para hacer aguas frescas. Los pasteles, el pan dulce y los refrescos contienen una cantidad demasiado alta de carbohidratos refinados. La botella actual de refresco de cola (600 ml, tipo regular), contiene 252 kilocalorías que equivalen a 13 cucharadas de azúcar. ¡¡¡Azúcar!!! Excepto a los que tienen un trastorno genético raro conocido como Fenilcetonuria, los edulcorantes no nutritivos (Splenda o Canderel) no les hacen daño a los niños. Si su niño tiene sobrepeso u obesidad, hable con su Pediatra y pídale consejo al respecto. El estilo ante todo. Recuerde que la recomendación más importante para mantener un peso saludable a largo plazo es crear en sus hijos un “estilo de vida sano” desde la infancia. Esto, con seguridad, mejorará no sólo su esperanza de vida, sino su calidad de vida. Hasta la próxima.
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