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Por: Alejandro Vizcarra Estrada Diciembre. En casa de un amigo, prestigiado comunicador, lloré, lloramos. Él y su esposa me mostraron su apoyo para buscar una solución, si no me trasplantan en el corto plazo tendría que iniciar el programa de diálisis en dos meses, en febrero. La diálisis es un procedimiento al que temía pues, paulatinamente mis facultades irían mermando. Según los nefrólogos consultados podría vivir quizá otros tres años. Peor aún, por mi edad y antecedentes de salud (hipertensión, diabetes) no tenía seguridad de que mi calidad de vida mejorara durante dicho período. Por el contrario, al investigar, y por información recibida por los médicos, me enteré que una persona que se dializa tiene menos posibilidades de lograr un trasplante exitoso, pues sus órganos como páncreas, corazón, pulmones e hígado llegarían dañados al momento de la cirugía. El panorama se antojaba problemático, difícil. Todo ello, sin incluir el tiempo que debería invertir pegado a una máquina que me filtraría la sangre cada tercer día, por un espacio de tres horas cada sesión. Salí de la casa del matrimonio amigo pensando en cómo dar una solución al grave problema que afectaba a mi persona y a mi familia. Así llegó Navidad. En pláticas con amigos comenté mi situación. Ante un renombrado abogado, que había llegado a ser agente del Ministerio Público Federal, Coordinador de la PGR y Procurador de Justicia, entre otros resplandecientes cargos, manifesté mi descontento y desesperación por la negativa del Comité Técnico de autorizar mi trasplante. Le argumentaba que donador y receptor (yo), los médicos trasplantólogos, hasta las instalaciones donde me operarían, ya estaban listos para la cirugía. Pero resultaba que un comité se niega, no acepta el trasplante, aduciendo que sólo autorizaría un trasplante cadavérico, cuestión que en ese momento me parecía absurda y fuera de toda lógica. Mi amigo, abogado de prestigio, me aconsejó esperar para documentarse en el ámbito legal respectivo. Me indicó que quizá procediera interponer un recurso de amparo, que tendría que promover en tiempo récord pues el tiempo para iniciar la diálisis, peritoneal o hemodiálisis, se acercaba. El 24 de diciembre, por la mañana, tratando de entender el aspecto legal de mi situación, en la Ley General de Salud, busqué un párrafo que señalara algo así como: “Cuando un paciente de insuficiencia renal crónica terminal haya cumplido con su protocolo para trasplante, y el donador vivo relacionado o no relacionado haya cumplimentado con el mismo procedimiento, cuando todos los requisitos legales y de salud que estén establecidos por la propia ley y los doctores responsables del paciente para llevar a cabo la donación de órganos, el trasplante de órgano podrá llevarse a cabo en los mejores términos para paciente y donador”. Pero lo que me encuentro en dicha ley, Artículo 333, fracción VI, inciso a) que, para poder realizarse un trasplante de donador vivo, relacionado o no relacionado, es necesario: “Obtener resolución favorable del Comité de Trasplantes de la institución hospitalaria, donde se vaya a realizar el trasplante, previa evaluación médica, clínica y psicológica”. Ese fue mi regalo de Navidad en el fatídico 2008, al menos para mí. Imaginen ustedes cómo pasé las fiestas. Ocultando mí pesar para que familiares y amigos no se enteraran de mi agobio. Pero Dios no me había abandonado; ni mi padre, ni mi hijo, ambos ya fallecidos. También tuvieron un gran peso las oraciones misas, mandas y promesas que seres queridos ofrecieron para que saliera adelante en mi problema de salud. Debo mencionar que la fecha que se había acordado para llevar a cabo el trasplante renal en la Clínica Fray Junípero Serra del ISSSTE, con un donador no relacionado, vivo, era el 9 de enero del 2009. Ese trasplante había fracasado por la decisión del Comité Técnico. Pero entonces ocurre lo que no puedo considerar más que un verdadero milagro. Tal como me lo había dicho un médico trasplantólogo días atrás. Él había dicho: “Señor Vizcarra, usted tiene un apoyo muy grande allá arriba; a usted lo protege alguien del más allá y saldrá adelante”. Así fue, tal como dice la canción de Marco Antonio Solís y que les contaré en otro capítulo, si me lo permiten mis ahora siete lectores.
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