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Por: Aquiles Medellín Silva Xenofobia en griego significa «miedo al extranjero». Es una de las enfermedades del miedo, es decir, una fobia. Tiempo atrás se confundía con el terror a los espacios abiertos, lo que hoy llamamos agorafobia, en contraste con la más conocida: claustrofobia. Detrás del odio existe siempre miedo, fobia. Aunque no sea ninguna amenaza real, excepción hecha con las ingentes declaraciones verbales de “doctor catarrito” Carstens y su jefe Calderón. Hace sólo un par de decenios era corriente escuchar que los mexicanos, quienes vivimos en suelo patrio éramos inmunes a esa enfermedad, un mal propio de algunos pueblos extranjeros. Incluso uno se identificaba sólo con Estados Unidos y Sudáfrica. No era raro escuchar a gente de la izquierda decir que ciertos países, como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la Rusia de hoy), estaban libres de xenofobia. Acontecimientos posteriores permitieron constatar que era falso. Y lo que ha ocurrido en el presente y antes, de forma diferente, en los grupos hispanos, demuestra la falsedad de nuestra mexicana inmunidad. La integración tradicional de los inmigrantes, en gran medida muy exitosa en EU, no permite en absoluto que la utilicemos como explicación de lo que algunos piensan que sucederá con la inmigración de hoy. No será así. Si estamos de acuerdo con que hay que superar la xenofobia, habría que aceptar las vías prácticas para poder eliminarla. Para lograrlo, no estaría demás escuchar lo que la investigación sociológica ha constatado, lo que se conoce con certeza y a la luz de lo que sabemos, disminuir y eliminar los enfrentamientos que genera la xenofobia. Hay que lograr tres objetivos: la integración económica de las comunidades que son víctimas de ello, la paz local y la integración social. La integración económica: la entrada en un mercado de trabajo no significa la integración social de nadie, venga de donde venga. Sólo cierta integración laboral. La social es la necesaria, a pesar de que ésta también puede confinar a una persona a una clase social baja, con oportunidades educativas y de promoción mucho más pobres que las del resto de la ciudadanía. Una integración económica mínima, aunque sea dentro de las clases subordinadas, es una condición previa para la eliminación de la xenofobia. A pesar de que en la actualidad no está tan de moda como hace unos años hablar de clases sociales, quisiera recordar que existen. Conforman nuestra vida. De ahí el imperativo de que los gobiernos regulen en la medida de lo posible el flujo inmigratorio y lo adapten al mercado de trabajo. La ingenua idea, fruto de las mejores intenciones de la ideología buenista, de que se pueden aumentar aún los 40 millones de inmigrantes que existen en EU. Las dificultades xenófobas están fuera de todo realismo. Los grandes bloques como la Unión Europea deben tener, pues, una política migratoria firme y clara. Y una política laboral integradora igualmente firme. Hoy día la dimensión de la xenofobia es una segunda constatación sociológica. Los casos en los que todo un país reacciona xenofóbicamente contra un colectivo inmigrante son escasos. La locura fascista antijudía es una grave excepción bastante conocida. Por ello, los enfrentamientos aparecen siempre localmente y por tanto deben ser resueltos por ayuntamientos y Organismos No Gubernamentales. Sin embargo, la realidad es tanto parte de lo cotidiano como de la conurbación barcelonesa; ¡y todos ellos parten de nuestra patria común! Se entiende que muchos políticos escurran el bulto dejando que los responsables locales se las tengan que ver con sus problemas también locales. Pero Nelson Mandela, como antes Mahatma Gandhi y Martin Luther King, nos ha dado otra lección, bien diferente y mucho más válida. La de la respuesta nacional. La de la superación del localismo. Por último, los estudios sociológicos que desde hace mucho tiempo han indagado en los procesos de integración con el detalle y parsimonia necesarios demuestran, más allá de toda duda, que la integración social y cultural no sólo la económica y de otro tipo, se realiza sólo mediante una convivencia continuada. En efecto, los guetos no ayudan. Ni la segregación en escuelas distintas y alejadas entre ellas. Ni la distancia entre las clases sociales. De lo que hoy nadie habla, cuando ayer era el tema estrella de la progresía nacional: la clase. La convivencia, cuanto más mezclada mejor, es necesaria para formar un pueblo en paz consigo mismo. No hay otra vía. Es por falta de esa confluencia por lo que encontramos sociedades europeas donde los enfrentamientos xenófobos surgen, como en Francia, en la segunda e incluso en la tercera generación, con hijos y nietos de inmigrantes. La consecución de los tres objetivos mencionados no es fácil. Pero será imposible si no nos dedicamos a ello sin pérdida de tiempo. Sería preciso que nuestros políticos, candidatos a las próximas elecciones, tuviesen el coraje de declarar exactamente cuáles son sus propuestas respecto a la política inmigratoria para conseguir la integración de los recién llegados y sus familias dentro de nuestra sociedad. Una sociedad en la que no existe la ablación de clítoris ni lugar para el fanatismo religioso de ningún tipo. Sería preciso, pues, que evitaran declaraciones vaporosas y nos dijeran exactamente lo que piensan hacer con las comunidades inmigrantes si quieren que votemos por ellos en julio y en 2012. Y hablando de riesgos antiguos y modernos. Un tribunal italiano ha vinculado el uso prolongado del teléfono móvil o celular al cáncer. Es el caso de un ciudadano de ese país peninsular que ha sido operado de una neoplasia en el nervio de la cara, dice la noticia. Aunque existan opiniones contrapuestas, se ha dictaminado que el riesgo existe cuando el uso del móvil resulta abusivo. El directivo en cuestión utilizaba el móvil –sin hilos– entre cinco y seis horas al día. La recomendación médica es que las conversaciones sean cortas, se cambie el aparato de oído y se reduzca el tiempo de uso. Quizá alguien puede pensar que cinco horas al día son muchas, pero más de una vez he visto, en la calle y los restaurantes, que se mantenía una conversación de este tipo durante 25 minutos. Vayan sumando...A menudo, no somos conscientes del tiempo que pasa. El problema siempre es la cantidad, la costumbre. Y ese riesgo no es exclusivo de nuestros tiempos modernos ni del uso continuo de las actuales tecnologías. Pienso en los campesinos que se han pasado tantas horas encogidos, cavando y arando los campos. Años. Ese gesto, tan insistente, es probable que acabe influyendo negativamente en la columna vertebral. Ese esfuerzo antinatural, insistente y forzado favorece la aparición de deformidades y lesiones, como lo demuestra la experiencia. Quien haya viajado en motoneta, o en carro, por caminos irregulares, o montado en un burro o caballo poco domesticado, aceptará que la cintura es castigada progresivamente por el continuo traqueteo. En los tiempos rurales de las chimeneas, encendidas de forma casi permanente, la familia respiraba una humareda que no se diseminaba por el aire, sino que depositaba los residuos en las paredes de la gran cocina. El grosor negro era considerable. (Curiosamente, aquel humo, largamente respirado, no era considerado molesto). Quizá también era perjudicial respirar junto a uno de aquellos braseros que intentaban, con tan poco éxito, calentar los enormes y fríos pisos del invierno. Hoy se ha dictaminado que el móvil puede perjudicar el cerebro. Y los ordenadores, la vista. La recomendación es ponerse un límite. No sea que con base en comunicarnos siempre por e-mail, se nos atrofie la lengua. A mi edad madura, pienso que hay dos peligros inmediatos: intentar entrar y salir de una bañera tradicional y bajar unas escaleras sin barandilla. Pero este riesgo no es noticia. No tiene causas lo bastante modernas.
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