El opio de los pueblos PDF Imprimir E-mail

Por: Arturo Geraldo

Atribuyen a Lenin el dicho de que “la religión es el opio de los pueblos”, pero quien haya sido el que pronunció esa sentencia tiene toda la razón del mundo, porque en efecto, las religiones tienen como premisa reducir las potencialidades humanas para el sometimiento de las personas, porque lo que no se puede hacer mediante el uso desenfrenado de armas más sofisticadas, se consigue por medio de la religión. A través de ella, los oficiantes logran penetrar en el ánimo de la gente apoderándose de la fuerza espiritual que contiene todo ser humano haciéndole creer en divinidades inexistentes que supuestamente están para castigar a los potenciales pecadores sin más justificación que la mentira envuelta en sutilezas verbales cuyo propósito es confundir a la población para imponerle criterios que favorecen a determinados grupos de poder…

Desde tiempos inmemoriales se inventaron dioses que deben ser venerados ciegamente sin pedir mayores explicaciones “…porque los misterios del Señor son inescrutables”, según el decir de los clérigos encargados de difundir las creencias, escogiendo para el efecto a la gente más inculta, quien por desgracia integra la inmensa mayoría de las naciones. Aunque abundan personas que cursaron estudios superiores, sin embargo siguen sus creencias por atavismos ancestrales que los mantienen en esa postración no obstante tener los conocimientos suficientes para rechazar esas falsas argumentaciones. La misma formación familiar los obliga a seguir esas corrientes que carecen de ninguna sustentación real…

Hablamos de religiones como signo de retroceso, porque todas, en el fondo, dejan traslucir distintas formas de resignación para que el individuo acepte condiciones que le son adversas sin protestar, después de todo, son los designios de dios. Las religiones tienen una serie de contradicciones que ponen en evidencia falsas convicciones, en primer lugar, sus predicas no coinciden con los hechos: pregonan la bondad, la justicia y la honestidad y sus actores realizan exactamente lo contrario porque ni son bondadosos, ni justos y mucho menos honestos, como ha quedado plenamente comprobado a través de la historia. Además, son apátridas porque no les importa dañar los intereses de la Nación para conservar sus privilegios, prueba de ello es que la institución más rica del mundo es el Vaticano quien controla todos los negocios religiosos del mundo occidental (la Basílica de Guadalupe les produce un promedio de cien millones de pesos mensuales)…

Si las religiones cumplieran realmente con su noble misión de fortalecer los valores morales del hombre, serían la panacea porque contribuirían a mejorar sustancialmente a la sociedad, promoviendo al mismo tiempo una mejor distribución de la riqueza para bien de la humanidad. Desgraciadamente, quienes las encabezan ponen mal ejemplo porque son los primeros en atesorar, construyendo templos deslumbrantes para impresionar a los feligreses, en lugar de construir escuelas para enseñar a leer y escribir a los miles de niños que año con año se quedan sin poder ingresar a los planteles escolares por falta de cupo. Los gobiernos espurios quieren mantener al pueblo en la ignorancia para poderlo manipular a su antojo y para que abunde la mano de obra barata para beneplácito de los hambreadores quienes viven a la sombra de las instituciones...

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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