Una plegaria y una promesa (III) PDF Imprimir E-mail

Por: Alejandro Vizcarra Estrada

Los médicos trasplantólogos que me atendieron junto con diversos galenos especialistas me dijeron que el protocolo estaba concluido. Lo mismo sucedió con mi donante. He de contar que durante el proceso, una mañana me encontré con los cirujanos que me iban a operar mientras desayunaban. En esa ocasión uno de ellos me preguntó: "¿Señor Vizcarra, la persona que le donará es hija suya?", No doctor, "¿esta seguro?", Sí, porque ni siquiera conozco a su mamá. "Pues fíjese que ella tiene 84 por ciento de compatibilidad con usted". Eso es algo muy raro cuando no hay un parentesco consanguíneo. ¡Cosas de la vida!

Así, a principios de diciembre de 2008, los médicos me informaron la fecha en que se realizaría mi trasplante: 9 de de enero de 2009. Quien esto escribe se encontraba entusiasmado y optimista. No tuve miedo: me había resignado a cualquier desenlace. Además, desde que fui diagnosticado me di a la tarea de investigar cuanto pude sobre mi enfermedad. Pensaba que si las cosas no salían bien ya había vivido lo suficiente: había sido bendecido con trabajo, negocios e hijos maravillosos. También había tenido mis batallas, con triunfos y derrotas, en fin, una vida plena. Estaba conciente de los riesgos que acompañaban la operación: podía quedar inválido (esa era mi mayor preocupación). Las alternativas eran vivir sanamente después del trasplante o morir en el intento. Hoy, estoy contándoles mi aventura, gracias al espacio brindado por Panorama de Baja California.

Me preparé mentalmente para la operación. Conviví con mi familia y amigos. Visité las tumbas de mi padre y mi hijo, les pedí su apoyo. Me encomendé al Ser Supremo; quedé listo para lo que viniera. También estaba preparado físicamente, en un lapso de ocho meses bajé de 97 a 87 kilos: diez kilos menos para poder entrar al quirófano.

Sin embargo, mi llegada al quirófano no sería ese 9 de enero. Fue una de las experiencias más amargas de mi vida, sólo detrás de la muerte de mi hijo de 17 años en 1983 y el fallecimiento de mi padre, en 2006. Poco antes de Navidad, mis médicos trasplantólogos me citaron para darme una noticia terrible: el cuerpo técnico[i] encargado de calificar la viabilidad de mi trasplante lo había rechazado. Los médicos me confiaron que el Comité no aceptó que a una mujer joven y sana se le extrajera un órgano para un paciente con problemas graves de salud: diabetes, hipertensión y un derrame cerebral en 1998. Opinaban que no aguantaría una operación de tal naturaleza.

Cuando los médicos trasplantólogos me dieron la fatal noticia, mis ilusiones y fortaleza fueron al suelo. Tanto tiempo invertido en consultorios, laboratorios, sesiones psicológicas y una intervención quirúrgica para extraerme la vesícula, entre otras múltiples actividades. Nada de ello había servido.

No quedaba más remedio que prepararme para enfrentar un programa de diálisis: lo más terrible y deprimente para mí. La diálisis, además de mermar las facultades de mis órganos, me sentenciaba a muerte en, cuando mucho, tres años. Así me lo habían señalado los primeros nefrólogos que visité al inicio de mi enfermedad, ocho meses atrás.

Los médicos trasplantólogos notaron mi reacción y manifestaron su apoyo moral, procurando darme valor y esperanza. Seguía anotado en lista de espera para donación cadavérica. Por tener un tipo de sangre algo especial (¿azul?) la donación se presentaría de un momento a otro. Argumenté que los nefrólogos me habían manifestado que en febrero tendría que iniciar el Programa de Hemodiálisis, a lo que me resistía por los efectos a largo plazo.

No se apartan de mi mente las palabras de uno de los doctores: "No se preocupé señor Vizcarra, usted será operado antes de la diálisis", ¿por qué me dice eso doctor?, "porque usted tiene un apoyo muy grande allá arriba. A usted lo protege alguien del más allá y saldrá adelante". Con esas palabras en mi mente salí a casa de un gran amigo mío. Le pedí apoyo moral y sus bendiciones para que las palabras del médico se hicieran efectivas.

Así fue. Se lo contaré en mi siguiente colaboración a mis seis lectores.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
J. Ignacio Carlos Huerta
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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