La experiencia de Solidaridad en Tijuana PDF Imprimir E-mail

Por: Jaime Martínez Veloz

En memoria de nuestro inolvidable Poncho Cardozo, "El Patito"

Después del triunfo del PAN en Baja California en 1989, los niveles de coordinación interinstitucional, entre los tres órdenes de Gobierno eran casi nulos. El PAN no atinaba a ser gobierno y el PRI no se asumía como oposición.

Al ser Baja California un Estado gobernado por un partido diferente al del Presidente de la República, sin un antecedente similar hasta ese momento, Carlos Salinas nombró como responsable del Gobierno Federal, para atender los asuntos de la entidad al doctor Ernesto Zedillo, como una forma de establecer niveles de coordinación entre ambos órdenes de gobierno.

En ese contexto, Don Carlos Montejo Favela, Presidente Municipal de Tijuana, y el Presidente de la República, acordaron la realización de un conjunto de obras comunitarias, a través del programa Solidaridad.

Por parte del Ayuntamiento de Tijuana se nombró como coordinador del mismo a Francisco Soto Angli, con una larga trayectoria como luchador social, una sólida formación profesional y una sensibilidad poco vista entre los funcionarios de las administraciones panístas.

Por parte del Gobierno Federal, después de peripecias y resistencias personales, me nombraron como responsable del programa. En principio, acepté coordinar los trabajos de Solidaridad, por seis meses; después, no me quería ir.

Durante 1992, la coordinación entre ambas entidades, se produjo en los mejores términos. El edificio de la Presidencia Municipal se convirtió prácticamente en una comuna. Los martes desde las 12 del mediodía hasta que se agotara la agenda de los asuntos enlistados en el "Orden del día", se realizaban las reuniones de trabajo donde las principales protagonistas eran las propias comunidades. Ahí, se definían las prioridades, se ejercía la planeación comunitaria en forma democrática, se comprobaban recursos aplicados y se discutía a plenitud cada detalle que a las comunidades les preocupaba.

Los colonos participaban en todo el recorrido social de las obras realizadas. La experiencia fue formidable e irrepetible. La estrategia de política social, más exitosa de los últimos años en Baja California, ha pretendido sustituirse con copias malas "Manos a las bolsas" o "chafatones", con magros e insignificantes resultados.

La honestidad comunitaria fue impecable. Un solo caso de corrupción en más de 400 proyectos habla de la honestidad de los colonos de Tijuana.

El ánimo social campeaba por todos los rincones de Tijuana, los recursos federales llegaban al Ayuntamiento; se entregaban directamente a las comunidades, previa autorización del proyecto técnico y el aval del Consejo Municipal de Solidaridad.

Las brigadas comunitarias, esperaban de madrugada las ollas de concreto para pavimentar sus calles en la Libertad, Ciudad Jardín, la Sánchez Taboada, la Lázaro Cárdenas, El Mirador, los Floridos 1, 2, 3 y 4, Nido de las Águilas, El Tecolote, la Genaro Vázquez, 3 de Octubre, Lomas Taurinas, las Obreras 1, 2, y 3 y tantas colonias más.

Las señoras agarraban la pala y al rato, movían el jarro de los frijoles, para el desayuno de las brigadas. Las noches eran de bohemia, no faltaba quien le rascara a la guitarra, alguien ponía las "caguamas" y la velada se convertía en un rato inolvidable.

El "charro", local comunitario de la colonia Libertad se convirtió, en el espacio oficial de asambleas, reuniones de trabajo y fiestas colectivas. Varias ocasiones lleve a Don Carlos Montejo para que "pecara" junto a nosotros y se echara unas cervezas con toda la banda de promotores sociales, colonos, maestros albañiles y antiguos pachuchos, convertidos en amigables lugareños, al amparo de la música de banda, cumbias y bachatas del sonido del salón comunal.

Pero tanta dicha no podía ser eterna. El trabajo colectivo permitía la superación comunitaria pero generaba envidia y recelo entre los que se autonombran la clase política tijuanense.

Los viejos priístas, los que por décadas se enriquecieron y abusaron del poder, desde sus caserones en Estados Unidos, o sus mansiones ostentosas en Tijuana, me acusaban de estar entregando al PAN los recursos que según ellos pertenecían a los priístas. La ofensiva fue fuerte, pero igual de torpe, como el fracaso de su ejercicio de gobierno, que culminó con la entrega del poder al PAN.

Pero del otro lado, o sea del PAN, la reacción fue escandalosa. Ruffo se sintió agraviado. Como nunca entendió nada de política social, ni le interesaba, lo único que le preocupaba era que nadie le disputara su protagonismo, ahora en manos no de un caudillo, sino de un colectivo social, quien planeaba, discutía, trabajaba y vigilaba en forma organizada, es decir el poder popular.

Ruffo y su partido le tenía tomada la medida al PRI, sabían como enfrentarlo, pero el nuevo fenómeno social surgido a partir del trabajo de Solidaridad, le significaba una variable no contemplada en su esquema de confrontación política. Le había aparecido un galimatías irresoluble.

La reacción fue la tradicional de todo gobernante que se siente desafiado: Visceral, sin capacidad argumentativa ni alternativa en materia de política social; se llamó agredido por la Federación y víctima de una conjura nacional para desestabilizar su gobierno. Éramos un puñadito de promotores los que trabajamos en Solidaridad, aunque hay que reconocer que cada uno de los nuestros, por la convicción con la que trabajaban, valía por 20 o 30 de los promotores del gobierno panista.

A quienes trabajábamos en Solidaridad nos acusaron con todo un catálogo de calificativos de la lucha sucia para desacreditarnos. Un día, Chuy Segura, priísta de toda la vida, me enseñó asustado una revista nacional, donde lo acusaban de ser "maoísta" y me preguntó preocupado si eso era bueno o malo. Le dije que no se asustara y que en la puerta de su oficina, pegara el artículo y a un lado pusiera un letrero que dijera: "Murmuren víboras". Chuy Segura, incrédulo, volvió a preguntar, ¿maoísta es lo mismo que comunista? Más o menos es lo mismo. Le contesté.

Después se fue a su cubículo y a su estilo, regañó a "El Pato" y a todo aquél que se le atravesara, por no haberlo detenido, cuando en un mítin en la Presidencia Municipal, a un funcionario le pidió prestado primero un magnavoz, luego ante la negativa del empleado, le dijo alterado ¡Lo que del pueblo al pueblo! Y le arrebató el aparato, que nos permitió ser escuchados por la gente en una concentración de varios miles de colonos, reunidos en el patio central del Ayuntamiento. El único problema para Chuy, es que cuando dijo eso, lo escucho una periodista de la revista Proceso.

"¿Ya ven?, ¡por su culpa hasta de comunista me acusan hijos de la chingada!"

"El Pato", lo vio de reojo y le dijo, "no se apure mi Chuy, el otro día los del PAN, vieron al "Negro Gabriel", y le gritaron: ¡Pinche cubano!, y míralo cada día esta mas cachetón. Cuando menos el hambre no se la ha quitado".

Después de esto Chuy Segura se relajó y se fue a la Miramar y a la Lázaro Cárdenas, a visitar a Doña Olivia, a Esperanza, a Carmen Segura, a Yolanda y a la señora Gurrola. Se subió a su "vocho" y junto con él se fue "El Pato", quien lo seguía cabuleando. "Ándale, ándale pinche Chuy, ya no hagas corajes, porque se te va a derramar la bilis".

En medio de ese bullicio se desarrolló el programa social más intenso de que tenga memoria la bella ciudad de Tijuana.

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
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