Confidencial / Marzo 2010 PDF Imprimir E-mail

Por: Marco Antonio Blásquez

Las decisiones "centenarias"

Los hechos que se han venido sucediendo a lo largo y ancho del país nos obligan a preguntarnos qué hemos dejado de hacer como sociedad y gobierno para que nuestro Estado de Derecho agonice. Nosotros, que éramos el país que se ufanaba de la paz social y de la templanza con que se conducían los actos de gobierno, ahora somos algo parecido a una anarquía centroamericana o de Medio Oriente.

Entre nosotros ya es común y parte de la vida diaria ver cuerpos masacrados en las aceras, que los corporativos policíacos allanen los domicilios y asesinen a sus moradores; que comandos del crimen ofendan instalaciones de gobierno lanzándoles granadas o tiroteando sus fachadas, y que jóvenes asalariados por los cárteles asesinen sin piedad a cuanto cristiano se les ponga enfrente.

Por supuesto que lo descrito en el párrafo anterior equivale a una muestra insignificante de las variantes e intensidades del crimen que venimos experimentando en los últimos años. Como coincidencia, desde que Felipe Calderón arribó a la Presidencia.

Las personas de "media vida", a las que nos tocó conocer la "colita" del México de la paz social y de los equilibrios, y que seguramente nos tocará vivir el desenlace de esta pesadilla, nos formulamos la pregunta planteada al inicio de esta colaboración: ¿qué hemos dejado de hacer? ¿En qué hemos fallado? Y lo cierto es que no se necesita ser un sabio ni un "gurú social" para determinar que el gobierno empezó a escribir las oscuras y tristes páginas de esta realidad hace 30 años, cuando se apartó de la educación, de la salud y del bienestar público. A raíz de que las tesis del neoliberalismo arribaron a nuestros círculos de decisión a través de los "geniecillos" graduados en Harvard, Stanford o Yale, y que las corrientes de derecha satanizaron el subsidio a las clases populares por considerarlo "paternalista", los presupuestos públicos se desterraron del bienestar común y se encaminaron a las obras de "desarrollo sustentable" e "infraestructura global", que no hicieron más que marginar más al marginado y empobrecer más al pobre.

La nueva visión de gobierno nunca reparó en que el destino cobraría una costosa factura por el hecho de causar la desintegración de las familias, condenar a millones de jóvenes a una vida de subalimentación, subeducación y subempleo. ¡Qué elegantes se veían Salinas y Zedillo en las cumbres de los países poderosos hablando de integración y desarrollo! ¡Qué sinceros se veían Fox y Calderón hablando de un cambio de rumbo, de un nuevo México! En buena medida este cuarteto diabólico sí generó un cambio, pero el que ya vemos, de un México en el que medianamente se podía subsistir, al de ahora, el de "sálvese quien pueda".

Hemos llegado a la conclusión de que el estado de cosas que carcome las entrañas de nuestra nación no pueden cambiarlo quienes lo propiciaron. Cómo creer que Peña Nieto, Manlio Fabio Beltrones o Santiago Creel poseerán el patriotismo y la independencia de acción suficientes para contrarrestar esta ola de injusticia y degradación que ellos, con sus asociaciones delictivas, generaron desde todos los niveles de gobierno. Y para colmo, la tercera vía, o sea el PRD, ya se pasea carnavalescamente por todo el país con su otrora acérrimo enemigo, el PAN.

El sistema, incluido en este término los partidos, ha cerrado todos los cauces para que el pueblo por la vía del voto cambie las condiciones de su entorno. Ya no podemos creer en nada ni en nadie que tenga que ver con este podrido sistema: ni en el IFE ni en la Suprema Corte ni en los partidos de oposición ni en los medios masivos. Los mexicanos estamos solos en esta guerra. Las instituciones que supuestamente elegimos y seguramente financiamos trabajan solamente para la preservación de sus muy particulares intereses. Ya se perdió esa sensación de diferencia y competencia entre los de un color y otro. Todos sin iguales, el priísta Enrique Peña Nieto subastando sus "encantos" entre las divas de Televisa en procura de simpatías públicas; el panista Francisco Javier Mayorga, luego de ser sorprendido recibiendo subsidios de la secretaría que encabeza, negándose a renunciar a ellos "ni por ética"; y el veterano militante del Partido Comunista, Pablo Gómez, pidiendo que se restablezcan los privilegios políticos al clero, dizque porque "ya pagó la factura de la Constitución de 1917".

En fin, bellacos y mequetrefes que nos tienen hartos, y en el estribo de las decisiones "centenarias".

 

Colaboradores

Alejandro Vizcarra Estrada
Agustín Basave
Aquiles Medellín Silva
Carlos Monsiváis
Edgardo Leyva
Héctor Castellanos
Héctor Mares
Jaime Martínez Veloz
Marco Antonio Blásquez
María Elena Estrello
Oscar Rivera
Pedro Ochoa
René Mora
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